El odio que destruye


Dr. Miguel Ángel Núñez

PREGUNTA

“Pastor, me resulta muy doloroso hacer esta carta. Soy cristiana desde hace cuatro años, tengo 36 años, pero odio profundamente a mi madre. Hace 10 años que no le hablo, no la visito ni siquiera permito que ella se me acerque. Tengo una lucha muy grande dentro de mí, porque ahora soy cristiana y por más que lo intento, no puedo superar ese sentimiento que tengo hacia ella. Cuando tenía 15 años me embaracé, mi madre hizo un escándalo, me golpeó e hizo un drama del que aún no me repongo. Me sacó del colegio, al principio quiso que me casara con el chico que salía, luego se arrepintió. Me tuvo todo el tiempo escondida, no permitía que nadie me viera. Me llevó a otra ciudad, donde familiares de ella, cuando nació mi hija, ella me la quitó de los brazos, sólo permitió que la tuviera cinco minutos, luego la dio en adopción. Nunca más he sabido de ella. Ni siquiera sé quién la tiene. Con el tiempo me distancié de mi madre. Peleaba todo el tiempo. Ahora estoy casada, mi esposo es también cristiano. Tengo dos hijos adolescentes a quienes amo entrañablemente, pero este sentimiento no me deja. Culpo a mi madre de haberme privado de ver crecer a mi hija. Pudo tener buenas razones, pero, aún no lo asimilo. ¿Qué hago, soy cristiana y odio a mi madre? Me siento mal cada vez que voy a la iglesia sabiendo que tengo este sentimiento. Los días de las madres son para mí un calvario. ¿Qué hago? Cuando mis hijos me han preguntado por la razón por la que no me comunico con mi madre ni la visito, ni permito que ella nos visite ni permito que mis hijos la vean, siempre respondo con evasivas, ellos no tienen idea que tienen una hermana y mi esposo me ha prometido, por amor a mí, que no les dirá. Estoy en un momento de mi vida donde no sé qué hacer, esto me está matando”.


RESPUESTA

Querida amiga:

No sé qué sentiría si me hubieran arrebatado de las manos a Mery Alin o Alexis Joel, sólo sé es que probablemente abrigaría sentimientos similares a los tuyos. Tienes todo el derecho a sentir lo que sientes, no te hace bien, pero tienes derecho a sentirte herida, molesta, enojada e indignada. Pero vamos por parte, para que entiendas claramente lo que quiero expresarte.

Los derechos de los padres

No sé cómo comenzó la idea de que los padres son dueños de sus hijos y tienen que decidir por ellos. Por muy buenas razones que tu madre tuviera, no tenía derecho a hacer lo que hizo. Nada la justifica ni la exime, cometió un error, actuó con soberbia, imposición y en un acto totalmente arbitrario sacó a su nieta no sólo de tu vida, sino también de la de ella. En muchos sentidos se autocastigó, tanto como te castigó a ti.

En las sociedades moralistas en las que hemos vivido (no me dices de donde escribes, pero si lo haces en español, probablemente provengas de una familia hispana)… sigo, en nuestros contextos donde el moralismo ha podido más que el sentido común, la mayoría de los padres al ver que sus hijas se embarazan sin estar casadas, no piensan en primer lugar en sus hijas, sino en ellos. Se dejan persuadir del pensamiento erróneo de que sus hijas los han humillado, cuando no logran entender que la persona más dañada es la hija que no sólo tiene que vivir un embarazo no deseado sino además la reprobación social por el hecho.

No tenía derecho tu madre a quitarte tu hija. Legalmente estabas, a los 15 años, bajo la tutela de ella, pero de todos modos, ella no tenía autoridad para decidir por un hijo que no era de ella sino tuyo. Niña como eras, igual tenías que ser considerada.

Nada excusa a los padres que toman este tipo de decisiones que no sólo son erradas sino crueles.

Tus derechos

Ahora, han pasado 21 años. Tu hija debe tener esa edad. ¿Por qué no la buscas? Lo más probable es que ella se ha estado haciendo muchas preguntas en todos estos años. Debe estar tan dolida como tú lo estás, por razones diferentes. No sé cuánto sabrán sus padres adoptivos, pero es muy probable que le falta conocer una versión, la tuya, y eso le haría muy bien. Contrata algún servicio, consulta si en tu país existe alguna ley que te permita acceder a los datos de adopción, haz algo. No te quedes con los brazos cruzados. La vida se va demasiado rápido y esas preguntas que nos hacemos, terminan por minar nuestra fortaleza interior al grado que nos destruyen.

Búscala. Trata de hablar con ella. Es probable que no quiera verte. Pero, conociendo la psicología de los hijos adoptados, es muy difícil que no quiera saber algo sobre ti. Debe tener muchas preguntas, y es una buena terapia para sanar heridas. Las tuyas y las que ella probablemente tenga. No importa cuán amorosa haya sido la familia que tuvo, si no estuviste tú, su madre, en su vida, es probable que sienta un vacío inexplicable hasta el día de hoy. Así que tienes oportunidad de ser parte de su vida, y al menos, dar explicaciones que ella seguramente está esperando, en algún lugar por allí, ansiosa de abrazarte, aunque tú no los sepas.

Trágate tus heridas y deja de sentir autocompasión. Busca a tu hija, hazlo por último por ella, por lo que ella pudiera precisar, será tu forma de cerrar un ciclo.
Tal vez, al conocerla, al llorar en sus brazos, al abrazarla, comiences a sanar esa herida abierta que tienes y es probable que eso te ayude a superar otros conflictos.

Tus hijos no son culpables

En segundo lugar, estás poniendo sobre tus hijos una carga que no les corresponde. Los estás usando como arma de venganza en contra de tu madre. Tus hijos no son responsables por las malas decisiones que tomó tu madre.

Es sintomático que en tu carta no hables de tu padre. A veces el silencio dice más que las palabras. Es probable, como suele suceder en cuestiones emocionales, que tu padre estuvo ausente todo el tiempo, es la herencia del machismo y de una cultura que ha convertido a los varones en meros espectadores de las emociones de otros, sin participar, y manteniéndose a una distancia segura, pero cómoda al final. Sin comprometerse.

No dejes que tus hijos crezcan con ese sentimiento de que tú y tu mamá tienen problemas, y ellos están al medio. ¿Qué enseñanza le estás dando con esto a tus hijos?

Reúnelos. Habla con ellos, con los dos y estando presente tú esposo. No importa cuánto te cueste. Revélales la verdadera razón por la que estás distanciada de tu madre. Aunque te parta el corazón, aunque llores a mares, aunque te quedes por momentos sin habla, cuéntales. Eso les permitirá asimilar lo que te ocurre y les permitirá tomar sus propias decisiones.

Luego, no les impidas ver a su abuela. Si ellos se enojan con ella por lo que ha sucedido contigo, no importa, es algo con lo que ellos tienen que vivir, y con lo que deben crecer. Pero, invítalos a no odiar ni tener resquemor, eso no hace bien, no te ha servido a ti, tampoco les servirá a ellos.

¿Te imaginas lo que puede sentir tu hija si se entera que además tiene dos hermanos? Tus hijos también pueden tener una sensación distinta al saber que tienen una hermana mayor. No los prives de esa sensación.

El poder del odio y del resentimiento

El odio es poderoso. Es una fuerza irracional que destruye, pero afecta mucho más al que odia que al que es odiado. En toda esta ecuación, la más afectada eres tú. Es probable que tu madre haya racionalizado lo que hizo pensando que fue lo mejor para ti, pero tú, te has enquistado en el odio, y eso no te permite ser plena.
El odio es la peor respuesta. El odio siempre termina por destruir. Aniquila las fuerzas y torna a las personas que odian en individuos que terminan destruyéndose a sí mismos y de paso, destruyendo todo lo que está a su alrededor.

No puedo decirte “deja de odiar”, no es así de fácil. Lo que puedo señalarte es que el camino del perdón, siempre es el más difícil, el menos transitado, pero al final del camino, que puede llevar años, resulta ser el más iluminador y conmovedor. Dejar de odiar nos libera y nos permite vivir. Ahora sólo sobrevives, no vives.

La Dra. Lourdes E. Morales-Gudmundsson, profesora de la Universidad de la Sierra, en Riverside, California, en su libro Te perdono, pero... (México: Gema Editores, 2009) señala que el "resentimiento es un relato atorado. Se lo cuenta de la misma manera vez tras vez, y la persona que lo cuenta siempre es la víctima". En muchos sentidos, el resentimiento inmoviliza y no permite crecer y avanzar.

La misma autora señala que "negarse a perdonar y albergar resentimientos es como tomarse un veneno y esperar que muera la persona que nos ha ofendido". Puedes leer un escrito más extenso que escribí sobre esto titulado “la psicología del resentimiento”.

El camino del perdón

Perdonar no es fácil. Quién te diga lo contrario miente. El perdón es una de las acciones más difíciles que existe. Implica cerrar heridas, comenzar de nuevo, construir.

Yo creo que el perdón, al final de cuentas es un milagro, especialmente si durante todo este tiempo tu madre no ha dado muestras de arrepentimiento por lo que hizo, que es lo más probable, porque de otro modo, hace rato que habrías comenzado a sanar.

Cuando alguien se arrepiente y pide perdón, eso constituye un paso importantísimo. Cuando no ocurre, es muy difícil el proceso de sanar.

La filósofa judía-alemana Hannah Arendt (1906-1975) señala que si no fuera por el perdón, los seres humanos estaríamos condenados a cargar las ofensas de toda una vida, para siempre. ¿Te imaginas la carga que eso supone?

El perdón no implica reconciliación

Uno de los problemas con el perdón es que se ha espiritualizado tanto que automáticamente entendemos que perdonar implica reconciliación, y eso es inhumano. ¿Cómo podrías reconciliarte con un abusador que no se arrepiente de su abuso? Conozco a una hija, cuyo padre es una persona neurótica, con rasgos narcisistas, maltratador, abusivo, megalómano, con síndrome de mesianismo, ella lo ha perdonado, pero no quiere tenerlo en su vida, siente que le haría daño a ella y a su familia ¿quién puede acusarla? ¿Quién tiene derecho a juzgarla?

Como señala la Dra. Lourdes E. Morales-Gudmundsson
El perdón es como una calle de un sentido. Sale de la persona ofendida y se dirige hacia su ofensor. Cuando llega al ofensor, éste puede o no aceptar el regalo que su víctima le extiende generosamente. Si lo acepta, habrá un arrepentimiento acompañado por una disculpa sincera. Esta disculpa le abrirá paso a la reconciliación. Si el ofensor no acepta el regalo, entonces cerró la puerta de la reconciliación. Por lo tanto, la reconciliación debe entenderse como una avenida de dos sentidos: Por una vía pasa el perdón inmerecido de parte de la persona ofendida hacia su ofensor y, en sentido contrario, la confesión y el arrepentimiento del ofensor hacia la víctima.
El perdón es dejar que pase, en otras palabras, es no estancarse, no quedarse pegado en el recuerdo que te hiere o saborear la herida de manera permanente para sentir permanentemente autocompasión. Sin embargo, si la reconciliación puede volver a abrir las heridas o las personas que perdonamos no están dispuestas a cambiar, nada te obliga a relacionarte con ellas. A veces, estar lejos es la mejor forma de vivir sanos emocionalmente.

Mucho de la carga que sientes es porque crees que perdonar es reconciliarse, y no es así. Perdona para no odiar, perdona para no caer en la amargura, pero sigue viviendo, sin esa carga que te atormenta. El perdón en la Biblia implica:
  • No pagar mal por mal. “Asegúrense de que nadie pague mal por mal; más bien, esfuércense siempre por hacer el bien, no sólo entre ustedes sino a todos” (1 Tes. 5:15).
  • Reciprocidad. Hacer por otros lo que esperaríamos que hagan por nosotros. “No juzguen, y no se les juzgará. No condenen, y no se les condenará. Perdonen, y se les perdonará” (Lc. 6:37).
  •  Vivir el ejemplo de Cristo. “Más bien, sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó a ustedes en Cristo” (Ef. 4:32).

¿Cómo superar el resentimiento?

La palabra griega que usa la Biblia para referirse a perdón es la expresión aphieme, es una palabra extraña porque no tiene una traducción literal, puede significar algo como “dejar ir”, “soltar”, “dejar libre”, “dejar escapar”. Expresa la idea que al no perdonar la persona está atada, esclavizada al objeto de su resquemor, tal como tú lo estás ahora.

Shanon Heynes, en su hermoso libro que deberías leer y que se titula Tus cicatrices son hermosas para Dios (El Paso, TX.: Casa Bautista de Publicaciones, ) dice que:
la única persona que se ve afectada cuando elijo no perdonar soy yo misma… La única persona a la que lastimas cuando eliges no perdonar… eres tú. Es como si yo estuviera golpeando mi cabeza contra la pared para castigar a otra persona.
Libérate, deja escapar el resentimiento que tienes, porque sino no sólo te morirás más luego, dañarás a todos los que te rodean empezando por tus hijos. No pienses que tu madre merece que la perdones, en realidad, nadie merece perdón. El perdón es un obsequio que das porque entiendes que no puedes vivir esclava de un rencor toda la vida.

Algunas cosas que puedes hacer:
  • Admite que tienes un problema. Reconocer que se está enfermo es el camino para sanarse. Sin confesar tu pecado de odio, deseos de venganza y resquemor, es poco lo que Dios puede hacer en ti.
  • Enfoca esos sentimientos de ira en algo constructivo. Vengarse, dañar y provocar a otra persona, no te ayudará a ti ni a nadie.
  • Escribe lo que sientes, una larga carta, que nunca enviarás, pero te servirá para enfocar tus verdaderos sentimientos.
  • Empieza a pensar en cómo se desencadenan en tu vida el odio y el resentimiento que sientes. Piensa en tus recuerdos, las situaciones que has vivido con tu madre, los pensamientos que te genera y luego, medita en cada uno de ellos, y piensa qué podrías haber hecho de pensar no negativamente sino positivamente en cada uno de ellos. Por ejemplo, mi madre me quitó a mi hija cuando tenía 15 años, ahora tengo 36 años, no me puede privar del deber de buscarla. Es algo que puedo hacer.
  •  No rumies rencor. Eso hacen algunos animales que no piensan, tú haz distinto. Toma tu vida en tus manos. Concéntrate en qué puedes hacer y no en lo que ya no pudiste. No pudiste impedir que te quitaran a tu hija, nadie puede privarte ahora del derecho de buscarla.
  •  Mira el problema desde todos los ángulos, incluso tratando de ponerte en la perspectiva equivocada de tu madre, no para justificarla, sino para entenderla. Luego, no la condenes, siente lástima por ella por último, porque también se privó de una nieta y al final perdió a una hija… también ella debe estar sufriendo.
  • Comienza a aceptar lo que puedas cambiar, no te quedes lamiendo las heridas del pasado que no puedes alterar. Eres dueña de tu futuro, no de tu pasado, pues concéntrate en lo que viene.
  • Piensa en utilizar tu dolor de una manera positiva, esa es la lección del libro Tus heridas son hermosas para Dios. Podrías, por ejemplo, asociarte a algún grupo de personas que han vivido una experiencia similar como la tuya y trabajar para crear leyes para que eso no vuelva a suceder, si no hay ninguna, pues crea una. Ve a algún colegio y comienza a dar charlas a otras jovencitas para que aprendan de tus experiencias, para que no se expongan. Háblales a otras madres de tu dolor, para que no sometan a sus hijas a la crueldad que tú has vivido. El compartir tu experiencia te dará nuevas fuerzas para seguir y de ese modo, construir una vida diferente.
  •  Deja de lamentarte. La auto conmiseración no lleva a ningún puerto, sólo al desánimo y la depresión. El sentir lástima por ti misma no ayuda. Construye a partir de lo que has vivido, pero no sigas lamiendo tus heridas, eso no sirve. ¿Has sufrido? ¿Y qué? ¿Hay personas que han sufrido tanto o más que tú? Construye a partir de tu dolor, no te hundas en el resentimiento y la amargura, eso no te ayuda.
  • Comienza hablando con tus conocidos. Tu madre escondió tu embarazo y un nacimiento una vez, no escondas tú lo que te pasa. Eso le dará la oportunidad a la gente que te conoce de entender porque eres tan extraña a veces, además, encontrarás personas caritativas que estarán dispuestas a ayudarte en la tarea no fácil de reencontrarte con tu hija.
  • Empieza a cultivar una actitud distinta. No es justo lo que pasó, concedido, pero no te quedes allí. La vida sigue ofreciendo mucho. Tu resentimiento probablemente no te ha permitido gozar la compañía de tu esposo ni la de tus hijos, además, que no les has dado la oportunidad de crecer.
  • No gastes energía en lo que no sirve. Ocúpate en algo que si sirva, en buscar a tu hija, en ayudar a otros, en prepararte para encarar a tu madre en algún momento, en resumen se proactiva y no mera reactiva. Lo primero lo hacen quienes aprenden a vivir, lo segundo, las personas que no maduran emocionalmente.
  • No uses la religión como excusa. Dios no puede hacer lo que no le permites. Invítalo a entrar a tu vida, pero déjalo que limpie tu mente de pensamientos negativos.

Querida amiga, la tarea que tienes por delante no es fácil, pero concéntrate en el final, en la posibilidad del reencuentro con tu hija, en la posibilidad de ayudar a otros, y por qué no, en la inmensa posibilidad de que llegue un día en que puedas dormir en paz, sin odio, porque con resentimiento la vida es sólo una pesadilla.
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Tal como en las otras respuestas, publicamos la misma con autorización de la persona involucrada. Sin embargo, quienes nos preguntan a través de nuestro blog, asumen la autorización explícita para publicar la respuesta en el mismo sitio. 


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez 
No se permite la publicación de este material sin la previa autorización del autor.

2 comentarios:

  1. gracias por esta explicacion acerca del perdon,los que tenemos heridas entendemos estas palabras y necesitamos perdonar para seguir avanzando un dia a la vez

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  2. Vivo algo similar con mi madre, no me deja vivir, quiere decidir todo en mi vida. Tengo 32 años y estoy sola porque me canse de enfrentarla cada vez que tenia una pareja ya que ninguno era de su agrado. La odio profundamente y no se que hacer porque cada vez que intento contradecirla luego me da mucha lastima y siento culpa. Y he decidido esperar a buscar pareja despues que ella muera, y se que suena feo porque yo tampoco quiero que se muera pero mi calvario es tan grande que no se que pensar.

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