¿Qué hago si estoy en una relación por compasión?




“No hay amor suficiente capaz de llenar el vacío de una persona que no se ama a sí misma” (Walter Riso)

Pregunta


“Tengo una niña de siete años. Con mi pareja no estamos casados. Crecí en un hogar cristiano disfuncional. Mi madre me dejó con mi padre cuando tenía cuatro meses, se fue a causa del maltrato físico y psíquico que sufría de parte de él. Regresó cuando yo tenía tres años y tuvieron dos hijos más. Pero, siguieron con lo mismo: celos, maltrato y peleas. Fui una niña modelo para no causar más problemas en casa. Estudié en un colegio cristiano. Cuando llegué a la universidad me descontrolé y tuve experiencias de todo tipo: musicales, intelectuales y sexuales. Comencé a beber. Tuve una pareja estable un par de años. Terminé la universidad. Seguía siendo aplicada, trabajadora, obediente, menos los fines de semana que me iba de juerga. Mi madre descubrió mi relación y me sugirió que viajara. Yo quería conocer Europa. Corté la relación que tenía, aunque nos queríamos. Éramos conscientes que teníamos heridas que curar con respecto a las relaciones familiares. Cuando llegué a Europa seguí el mismo ritmo salir, gastarme casi todo el dinero en compras y fiestas. Intentaba llenar un vacío. Conocí a alguien muy parecido a mi padre, no sólo físicamente sino también en conducta. Me embaracé y decidí asumirlo. Formamos un hogar que va mal. Creo que yo soy el problema. No se querer. Soy egoísta. Quiero tener todo bajo control. En contraste él es una persona que no se esfuerza por nada, ni en el trabajo, ni en casa. En ocasiones pienso que le odio y me veo sin salida. Hace dos años volví a la iglesia cuando me di cuenta que había tocado fondo. No bebo desde que nació mi hija. Todos me creen madre modelo. Tuvimos algunas sesiones con un psicólogo. Siento mucha culpa. Muchas ganas de gritar. Me digo a mi misma que tengo que aprender a amarle, pero, vuelvo a mis pensamientos. ¿Dónde queda Dios? Me avergüenzo de lo que pienso y lo que siento. Necesito saber qué tan mala soy. Me siento cansada, cargo todo: hija, casa, estudios y trabajo. Siento que estoy enferma. Me cuesta tener estabilidad emocional. El psicólogo me dijo que si me separo mi hija nunca me perdonaría. Mi pareja deja la decisión en mí. Pienso que él sigue por costumbre, por comodidad y para no sentirse solo. ¿Cómo curarme? ¿Cómo tolerar? ¿Cómo justificar que todo esto vale la pena? ¿Cómo hago para no derrumbarme? ¿Cómo no odiarle? Me cuesta aceptarle. Es un amor por compasión. Si nos separamos él no sabrá qué hacer. Nuestra hija se iría conmigo. Mi niña tan dulce y sonriente, ¡qué dolor! Necesito una sugerencia”.


Respuesta


A veces siento que toda pregunta que recibo es una especia de agonía. Siento en el alma todo lo que estás viviendo. Nadie merece lo que te pasa. La vida en esas condiciones sólo genera estrés emocional y una gran carga que no sirve para vivir en paz. Es preciso que pares. Que tomes decisiones radicales. Nadie elegirá por ti. Tienes que decidirte a tomar tu vida en tus manos y hacerte cargo, con todo, incluyendo las consecuencias que vendrán. Pero nada es tan terrible, nada. Toda circunstancia siempre es neutra, somos nosotros los que le asignamos un significado y “terribilizamos” la realidad. Será doloroso, pero al fin de cuentas, podrás vivir en paz y eso vale cualquier dolor momentáneo que puedas tener.


El impacto de la ausencia


Las primeras experiencias de la vida dejan huellas en las personas que perduran el resto de la vida. En tu caso, no es extraño, el quedarte a una edad tan influenciable con tu padre y no volver a relacionarte con tu madre sino hasta cuatro años después, es explicable que tengas una impronta emocional tan importante. Es “la situación de abandono del niño la que actúa como factor generador de trastornos emocionales”,[1] y al contrario, cuando existe una buena calidad en la relación adulto-niño, esto genera el espacio adecuado para proteger al infante de trastornos psiquiátricos y emocionales futuros.


¿Qué mujer deja a su hija y se va? Seguramente alguna que está tan desesperada como para no medir las consecuencias de sus acciones. No sé cómo habrás vivido esos años, seguramente tu padre se hizo ayudar, difícilmente los varones asumen la paternidad solos. De todos modos, los años iniciales dejaron huellas que te marcaron.[2] La psiquiatría ha demostrado que “los trastornos depresivos en la vida adulta se asocian con más frecuencia a la pérdida de la madre durante la infancia que a la pérdida del padre, probablemente porque la ausencia de la madre se traduce en una falta de cuidados del niño mucho más ostensible que la ausencia del padre”.[3]


La no presencia de tu madre, sin duda, generó una relación poco sana con tu padre, mediatizada por la ausencia. Esos vínculos, que parten del desgarro y el abandono generalmente forman relaciones enfermizas, que arrojan sombras sobre nuestro presente y el pasado que tendemos a reinterpretar a la luz de los acontecimientos que vivimos en esa infancia tormentosa.


Cuando lo que caracteriza la infancia es la ausencia “el niño que se desarrolla, atraviesa las edades de su niñez y de la infancia sin participar en la vida y el mundo de sus padres, de igual manera que estos tampoco comparten  su mundo infantil” lo que va a provocar que el niño sufra “un profundo defecto en su socialización primaria”.[4] En tu caso es obvio, las falencias afectivas no se pueden disimular llegada la adolescencia y la juventud.


Por eso, elegiste como compañero a alguien que no te ayuda a completar tu vida, ni siquiera a sanar. Es un clon de tu padre y eso, aparte de ser perturbador, es reflejo de las heridas y huellas emocionales no saludables que han quedado en tu vida. El amor sana, siempre y cuando la persona que elijamos no tenga las mismas necesidades afectivas nuestras y conflictos de arrastre que impliquen problemas no resueltos y heridas abiertas.


Por otro lado, un hijo no es pegamento de matrimonios. A menudo, muchas jóvenes que se embarazan sin desearlo, terminan cometiendo el error de casarse o unirse con los padres de las criaturas, como si aquello fuera una idea que pudiera traer paz y eliminar las consecuencias de una acción errática. Lo que realmente ocurre es que se convierten en relaciones tóxicas donde el hijo o hija no deseado se convierte en un obstáculo para ser felices.


Las parejas deben formarse por las razones correctas, y un hijo, por mucho que sea importante, no es una buena razón para formar un matrimonio. Al contrario, cuando se sienten forzados a conformar un matrimonio a causa de un hijo, tarde o temprano terminan lamentándolo, y, lamentablemente los platos rotos los pagan los niños.


Por mucho que no estén casados, han conformado una relación de pareja estable, aunque sea por algunos años, pero si no es por las razones correctas ésta tiene fecha de expiración, es, parafraseando a Gabriel García Márquez “crónica de una separación anunciada”.


Violencia vicaria


Otro elemento que puede explicar tu comportamiento es la violencia de la cual fuiste objeto. Por mucho tiempo se pensó que los niños que vivían en contextos de violencia eran ajenos a la misma, especialmente si se producía entre adultos. Sin embargo, numerosos estudios han mostrado otra cosa. Los hijos sometidos a constantes peleas, violencias cruzadas, agresiones de todo tipo, que observan en adultos, sufren el mismo daño físico y psicológico como si ellos mismos hubieran sido agredidos. Eso que es difícil de entender se denomina “violencia vicaria” o “traumatización vicaria”, no la reciben directamente, pero los efectos están siempre presentes.


Los hijos de ambientes hostiles y violentos suelen ser personas reservadas, miedosas, y con muchos temores, hasta llegar a la edad adulta, donde a menudo se sueltan de toda esa carga que llevan, actuando con conductas polares, tal como las que tú has vivido. 

Llenar ese vacío que se siente, por la angustia de haber pasado tantos momentos de soledad y tristeza, al ver como personas que amábamos eran agredidas, y con la impotencia de no saber qué hacer, va dejando una profunda huella emocional, que a menudo se torna en conductas de excesos,[5] tal como en tu caso, o en actitudes de evasión, que se logra a menudo a través de una sexualidad desenfrenada o en tóxicos como el alcohol, todo sea para embotar un poco los sentidos, con tal de no recordar y quitar por algún momentos esos recuerdos que atormentan.[6]


No eres culpable, eres víctima. Lástima que no te lo hayan dicho antes y tengas que pasar por todos estos momentos de infelicidad.

El descontrol que sufriste en la universidad puede deberse en parte al daño que traías de arrastre. Vivir en un contexto de violencia genera en los niños mucha ansiedad y culpa. Aprenden a controlar sus emociones por el temor que les causa el ambiente en que viven, que cuando se encuentran en una situación donde medianamente tienen cierta libertad, surgen excesos, que, de una u otra forma, pretenden embotar los temores y ansiedades que se arrastran.


Esa aparentemente vida doble, en realidad, era una fachada para esconder todo el cúmulo de temores que acumulabas, muy propio de hijos e hijas criadas en un ambiente emocionalmente hostil y que no han desarrollado una buena resiliencia, en parte, porque han sido retroalimentadas por ese contexto difícil en el que se han criado.


Es desconcertante cómo tantos hijos de la violencia tienen conductas autodestructivas. El desenfreno nunca fue el problema sino la punta del iceberg que explicaba todo lo que traías acumulado por el daño emocional que tus padres te causaron. Es cierto que tomaste decisiones, pero ellas han sido mediatizadas por los conflictos que traías. Sentir culpa no ayuda, al contrario. Comienza a llamar tu realidad con el nombre que corresponde: Abuso y abandono. Tus padres, lamentablemente, jugaron el papel de victimarios, aun cuando te amaran.


¿Qué es amar?


Niños y niñas formados en hogares disfuncionales tienen serios problemas para comprender adecuadamente qué es amar, en parte, porque nunca han conocido una relación amorosa sana.


¿Qué hacen las personas que se aman? Pues se comprometen diariamente con la felicidad del amado y establecen límites para no asfixiar la libertad del otro, pero también, para no perder la individualidad ni las características propias.


El amor respeta. Cuando eso no ocurre, entonces, se suscitan todos esos altercados que van ocasionando que poco a poco terminemos odiando estar en esa relación.


El amor es un principio que mueve a la acción. Eso implica que se sustenta en la decisión diaria de construir una relación, y digo “construir”, porque ningún vínculo sano es producto del azar sino de un constante y permanente trabajo que implica darnos de la mejor forma posible y buscar conocer realmente a la persona con la cual hemos unido nuestras vidas.


Un amor sano es abnegado, pero no permitiendo que la individualidad y la vida de uno sea anulada. A veces creemos que entregarnos a otro implica olvidarnos de nosotros mismos, y eso, inevitablemente lleva, por una parte, a una codependencia enfermiza y, por otro lado, a dejarnos a nosotros mismos a un lado haciendo que se vayan generando frustraciones contenidas y sensaciones de abandono que no sirven para construir una relación sana.


Amar, también implica abandonar a personas que nos hacen mal, alejarnos de quienes de una forma u otra atentan contra nuestra estabilidad emocional. A veces el amor dice ¡basta! ¡Yo también existo! Amar no implica dejar de amarse.


Control y desidia


Si vives con un abúlico, es obvio que parecerás controladora, porque evidentemente, alguien tiene que hacerse cargo. Estudias, trabajas, te haces cargo de tu hija, ¿qué hace él aparte de no hacer nada? Hasta las mascotas meten ruido y nos hacen sentir algo. Lo que describes no es una relación de esposa ni compañera, sino la vinculación que tendría una madre con su hijo dependiente: Pobrecito, ¡si yo no lo cuido! ¿quién cuidará de él? Eso es absurdo. Eres mayor de edad, compórtate como tal. Él es mayor de edad, déjalo que asuma. No eres su madre, y válgame Dios, nunca deberías comportarte como tal.


Tú no eres el problema, es que elegiste un “problema” como compañero, que no es capaz ni siquiera de decir:


—Ya, esto no da para más, no nos hagamos daño, dejemos hasta aquí.


Entre paréntesis, el psicólogo que te atendió te dio un pésimo consejo e hizo una aseveración irresponsable. Decir que tu hija te va a odiar porque te separas de alguien que te hace daño, es simplemente, una osadía no profesional.


Muchos estudios muestran que finalmente los niños están mejor con padres separados pero que se llevan bien, que con padres que están “juntos”, pero que viven en tensión y son infelices. Los niños tienen la habilidad de leer los estados emocionales de los adultos, en parte, porque es su manera de sobrevivir, y también, porque como están en proceso de crecimiento, están aprendiendo a reconocer la afectividad y la emoción. Si te va a detestar tu hija si te quedas en una mala relación y terminarás entregándole a ella el mismo ambiente tóxico que viviste tú cuando eras niña, y eso, lamentablemente repetirá el ciclo enfermizo que vivieron tus padres, que no deberían haberse quedado juntos si iban a terminar dañándose, y de paso, dañando a sus hijos. Si quieres repetir la historia, quédate. Si quieres hacer las cosas diferentes, termina una mala relación que a la postre te hará lamentar aún más todo lo que has vivido. Tu hija no merece vivir lo que tú viviste. Si sigues en una relación tóxica, tu hija terminará eligiendo como esposo a un hombre tóxico y el ciclo continuará.


Odio


En tu carta pones que “en ocasiones pienso que le odio y me veo sin salida”. Esa sensación es horrible. Si vas a odiar, mejor, aléjate. El odio destruye, en primer lugar, al que odia. Nadie sale indemne ante el odio.


Odiar es como tomarte un veneno y creer que la va a hacer efecto a la otra persona. No sólo ensombrece tu vida, también pone tinieblas emocionales sobre los que te rodean y crea un mal ambiente.

Si has llegado a ese punto, es por frustración, ira contenida y una sensación de indefensión aprendida, probablemente, al haberte callado tanto tiempo ante la ineficacia de tus padres para darte el ambiente que necesitabas.


Si has elegido a alguien que tiene características de abulia que son contrarias a las que tú tienes, es normal que lo rechaces. Si él no quiere pedir ayuda y no hace nada para salir de esa situación, odiar no es el camino, sino alejarte, para que ese sentimiento no termine dañándote más de lo que ya estás.


Tocar fondo


Tocar fondo no es tan malo como lo presentan, una vez que estás hundida en el pozo, al único lugar que puedes mirar es hacia arriba y me alegro que lo hayas hecho. Pero, no es a la iglesia a la que tienes que regresar, sino a Cristo. La congregación es un lugar para reunirse, para hacer las paces con otros. Un momento para el encuentro interpersonal, y para ayudarse mutuamente. Pero, nunca debes olvidar que es a Jesús a quien debes ir, no sólo un día, sino en cada momento para que te de la fortaleza que necesitas para enfrentar el día a día.


Cristo no es un amigo imaginario con el que conversas cada vez que necesitas algo, es una persona que desea ser parte de tu vida, y lo será en la medida en que conscientemente se lo permitas.

Una forma de saber que tu relación con Cristo es sana es que las personas desarrollan una religión con componentes sanos. No sólo asisten a una congregación para ser actores pasivos de un culto religioso, además, invierten tiempo en actividades de colaboración con otros, de comunicación del evangelio, de adoración, y de vinculación con otros cristianos con el fin de crecer en comunidad y también en relación con las Escrituras.


Una religión enferma se concentra sólo en recibir. En ser entes pasivos de cultos formales y en catalogar a otros en función de su formalidad religiosa. Sus oraciones no son de vinculación con la divinidad, sino de petitorios permanentes y la adoración tiene más un fin místico que de comunión. El texto aquel que dice, en relación a los profetas, “por sus frutos los conoceréis”, es viable aplicarlo aquí, porque una religión sana también se reconoce por los efectos.


Una persona que se dice cristiana debería vivir vínculos sanos, tener armonía interior, establecer metas coherentes con su fe, y mostrar, en todo lo que hace, que tiene una relación sana con la divinidad.


Lamentablemente, en el mundo contemporáneo, tan dado al individualismo y a la fluidez sin profundidad, la gente suele creer que la religión es algo “personal”, que no tiene impacto en los demás o que no están obligados a concentrarse en las necesidades ajenas, de esa forma terminan viviendo una relación “espiritual” aislada de los demás, eso no sólo no es sano, es, además, tóxico. Configura una religiosidad de aislamiento que a la larga no sirve para nada.


Ya probaste con las iglesias, ¿por qué no pruebas con Jesús? Tal vez puedas entender que cuando te concentras en Cristo, entonces, todo adquiere una dimensión diferente.


¿Cómo lidiar con la culpa?


La religión tóxica pone culpa sobre nosotros. La religión sana nos libera. No hay en esto término medio. Si no te sientes en paz contigo misma y, al contrario, te sientes culpable, hay algo que no has entendido de la religión y esa incomprensión te está haciendo vivir en un contexto tóxico.


Pablo es fehaciente en decir “permanezcan, pues, firmes en la libertad con la cual el Cristo nos hizo libres, y no se sujeten otra vez al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). Cada vez que cedemos a los pensamientos culposos que nos atormentan volvemos a ser esclavos y renunciamos a la libertad con la que Jesús nos ha hecho libres. La misma Biblia dice: “dichoso aquel que no se culpa a sí mismo en lo que escoge” (Romanos 14:22).


La culpa enferma. No da libertad ni tranquilidad mental. Dios espera que seamos “hijos de Dios sin culpa” (Filipenses 2:15). Eso no se logra con perfeccionismo y una obediencia absurda a la ley, como si fuera posible vivir a la altura de una ley perfecta, cuestión que el legalismo nunca ha entendido, ni lo hará, porque el orgullo no permite ver. Sólo Cristo nos puede declarar sin culpa, y lo hace en el momento en que descansamos en su gracia.


Pablo lo expresa de manera que no se puede negar sus palabras. “Cristo los ha reconciliado mediante la muerte que sufrió en su existencia terrena. Yo lo hizo para tenerlos a ustedes en su presencia, santos, sin mancha y sin culpa” (Colosenses 1:22 DHH1996). Sentir culpa no sirve, aferrarte a la promesa de la gracia sí.


Si tienes culpa por no amar a tu pareja, deberías examinar el compromiso que has hecho y si estás recibiendo lo mismo que das a cambio. La relación de pareja no es un pacto unilateral donde una parte cumple por los dos, sino donde dos personas se comprometen a dar todo de sí para que la relación funcione. No se puede guiar un bote con un sólo remo, se terminará dando círculos y no se avanzará. Deja de sentir culpa y comienza a tomar decisiones, lo primero no es razonable, lo segundo te libera.


Te preguntas: “¿Dónde queda Dios? Me avergüenzo de lo que pienso y lo que siento. Necesito saber qué tan mala soy”. De algún modo intentas castigarte, ¿por qué? Seguramente, en el contexto familiar donde te desarrollaste te transmitieron ese concepto de víctima religiosa, pero no es saludable, al contrario, te pone en una situación compleja, porque, para empezar, pretendes que Dios esté presente, y a la vez, te sientes tan culpable y avergonzada, que no sabes qué hacer.


Necesitas entender la gracia. El saber que no importa qué hayas hecho Dios te ha perdonado y cubierto con la sangre de Cristo. Como diría la extraordinaria Bárbara Johnson: “La gracia es el poder bastante sorprendente de mirar de frente la realidad terrenal, ver sus bordes tristes y trágicos, palpar  sus crueles cortes, unirnos al coro primitivo en contra de su atroz injusticia y, sin embargo, sentir en lo profundo de nuestro ser que es bueno y correcto que estemos con vida sobre la buena tierra de Dios”.[7]


Dios te ama. Es lo que debes saber. Nada de lo que hagas alejará a Dios de ti. Los legalistas enseñan que eres tú la que debe acercarse a Dios, para obtener el beneplácito de él, esa no es la idea que la Biblia presenta, todo lo contrario, una y otra vez, nos muestra a un Dios comprometido con tu felicidad que toma todas las iniciativas para acercarse a ti y proveerte de las mejores alternativas para que aprendas a amarte a ti misma, y sepas que eres tan valiosa que Jesucristo vino a ofrendar su vida por ti. ¿Qué más prueba de amor deseas?


Tienes una relación de pareja tortuosa, ¿crees que Dios no lo sabe? Él ha estado en cada lágrima que has derramado y te ha abrazado con bondad en cada error que has cometido. Dios no anda con un palo buscándote para darte un garrotazo, esa idea malsana sólo podría surgir en la mente de un desquiciado que le gusta tomar la Escritura al pie de la letra sin contrastarlo con el carácter de Dios y la figura de Cristo. Si te equivocas, vuelve a levantarte, y ten la seguridad que Dios estará a tu lado, para consolarte, para vendar tus heridas, y para darte la sabiduría para no equivocarte de nuevo, pero si lo haces, no te condenará, seguirá estando al lado buscándote siempre, sin señalarte con el dedo y sin pretender que seas perfecta en ti misma, porque ningún ser humano tiene ese poder en sí.


No olvides que “la más peligrosa de todas las tristezas que están al acecho para arrastrarnos hacia abajo es la culpa, esa sensación que todo lo invade diciéndonos que no hemos alcanzado la medida de nuestras propias normas y ni hablar de las de Dios”.[8] Déjate atrapar por la gracia. Esa que Jesús mostró en la cruz para demostrarte que no hay nada que te pueda separar del amor de Dios. “Nada” dice la Biblia, y es una palabra tan poderosa que aún no terminan algunos de entenderla.


Llevar la carga


Me dices: “Me siento cansada, cargo todo: hija, casa, estudios y trabajo”.  ¿Quién no se sentiría cansada en esas circunstancias y, además, hastiada? Deja de quejarte y toma decisiones.


Estás viviendo un síndrome de abuso que viven muchas mujeres en todo el mundo, con maridos que quieren sexo, atención, cuidado y no dan lo mismo a cambio. Con individuos narcisistas que pretenden que el mundo gire en torno a ellos, pero no están dispuestos a entregarse de tal modo que entiendan que la responsabilidad de llevar una casa y la vida, en pareja, es de ambos.

¿Hasta cuándo vas a soportar? ¿Qué tiene que pasar para que te des cuenta que estás viviendo una relación tóxica?


¿Es posible que tu pareja cambie? ¡Claro! ¡Todo es posible! Pero, si te quedas a esperarlo sin que él haga algo, esperarás hasta el día en que lluevan zanahorias y encuentres oro debajo de tu almohada.

La mayoría de las personas que abusa, como en su caso, que es abuso pasivo, no se da cuenta del daño hasta que no toca fondo. Sólo al llegar abajo, son capaces de darse cuenta, en su mayoría, que han estado viviendo un estilo de vida tóxico.


¿Qué haces al lado de una persona que no tiene la voluntad para producir cambios? ¿Hasta cuándo vas a esperar?


Muchas mujeres, especialmente, quienes se han convertido en codependientes, se creen salvadoras de sus parejas. No son capaces de poner límites ni de establecer criterios que les permitan decir ¡basta! Soportan lo insoportable, hasta que se enferman física y emocionalmente, algunas veces, de manera irreversible. ¿Vale la pena tu vida y la calidad de tu vida por quedarte en una mala relación?


Para que una relación de pareja funcione, se necesitan dos. Es un carro que necesita dos personas que lo tiren, de otro modo, no avanza. El estancamiento de muchas relaciones de pareja, se debe, fundamentalmente a la poca voluntad de una parte para hacer lo que le corresponde en la relación. Quedarse en esas condiciones es hipotecar el futuro personal y el de los hijos, que lamentablemente, como siempre, son las víctimas inocentes de todo esto.


Las preguntas de la compasión


“¿Cómo curarme? ¿Cómo tolerar? ¿Cómo justificar que todo esto vale la pena? ¿Cómo hago para no derrumbarme? ¿Cómo no odiarle? Él no es culpable, pero me cuesta aceptarle. Es un amor por compasión. Si nos separamos él no sabrá qué hacer”.

¿Cuántos hijos tienes? Supongo que no te das cuenta que has infantilizado a tu pareja y lo tratas como si fuera tu hijo. Crece. Madura. Aprende. Vives con un adulto, no puedes seguir tratándolo como un niño y si él no quiere crecer, no es tu responsabilidad, tienes una hija, ella si depende de ti, no él, el grandulón que debe aprender a hacerse cargo, porque en todo este momento al contestar tu carta me he venido preguntando: ¿Qué hace él aparte de no hacer nada?


Madre de Teresa de Calcuta sólo hubo una, no te gradúes de “Madre Teresa”, no te va bien y, además, produce mucho desgaste emocional y físico. Si sigues por este camino en el que vas, te lo doy firmado ante notario, terminarás enferma física y emocionalmente.


Nunca una relación debe basarse en la compasión. El amor es pasión, no compasión. Cuando se ama, se entiende que exista reciprocidad, si no es así, entonces, la relación se vuelve insana y todos los involucrados terminan sufriendo de manera horrible.


La compasión tiene un sentido sólo en las relaciones interpersonales o cuando interactuamos con una persona desvalida (cosa que creo sientes por tu pareja, pero en otro contexto). Los budistas suelen hablar mucho de la compasión ligado al altruismo que debemos sentir por todos los seres vivos. Como expresa un filósofo budista: “Cuando sientes espontáneamente la compasión al desear eliminar completamente el sufrimiento de todos los seres vivos —como una madre desea aliviar la enfermedad de su amado y dulce hijo—, entonces tu compasión es completa”.[9] Si te das cuenta, la analogía del autor va por el lado de una “madre”, porque ese es el sentimiento que se genera en el contexto de la compasión. En el mismo tenor el Dalai Lama expresa: “La compasión, por ejemplo, es un estado mental que se produce cuando nos concentramos en el sufrimiento de otros seres sintientes y cultivamos el deseo intenso de que se liberen de ese sufrimiento. Por tanto, sin otros seres sintientes que hicieran de objetos no nos sería posible cultivar la compasión”.[10] Eso es razonable, pero no es amor, al menos, el que debería cultivar una pareja.


El sentido original de la expresión “compasión” viene del latín “compatire”, y significa sufrir con el que sufre, en otras palabras, compartir el sufrimiento de quien padece. ¿Está tu pareja en esas condiciones? ¿Es una persona dependiente por una razón ajena a su voluntad? ¿Está invalidado física y mentalmente para valerse por sí mismo? Si no es así, entonces, estás ejerciendo una “mala compasión”, y, por ende, estás generando un contexto de amor insano, sin límites que protejan tu estabilidad mental y física. “La entrega sacrificada suele estar precedida por la compasión”.[11] Si no amas por las razones correctas, terminarás sacrificando tu vida y, por tanto, haciendo que tu pareja se convierta en un ser desvalido, en alguien que terminará dependiendo de ti. Un niño más a quien atender.


Michel Esparza habla de quienes padecen de susceptibilidad aprendida. Personas que tienen un orgullo tan grande que ante el más mínimo atisbo de menosprecio o algo que haga disminuir su valía se comportan como niños caprichosos.[12] Una persona que conoce su dignidad, simplemente, no le da importancia a estas situaciones. La persona que tiene un mal concepto de sí misma, va por la vida implorando amor, actuando como si los demás tuvieran que darle lo que no es capaz de generar por sí misma. C. S. Lewis, hablando de las personas susceptibles afirma que “habla de sí mismo y de su amabilidad, es un reproche continuo, una continua petición de compasión, gratitud y admiración”.[13] Lo que no sólo genera un ambiente enrarecido, sino que pone a las personas que están a su alrededor en una situación difícil.


Muchos varones, expresamente, buscan generar simpatía y compasión, porque es su manera de conseguir ser amados, porque no tienen ni la fortaleza ni la actitud mental adecuada para hacerse amar por las razones correctas.  Las mujeres, más propensas a sentirse madres que esposas, suelen acoger a estos hombres-desvalidos y comienzan a actuar como madres sustitutas, a un riesgo tal que terminan secándose, porque dan sin recibir.


Tienes que poner límites. El límite comienza contigo, preguntándote si estarías dispuesta a recibir migajas de amor de una persona que estuviera a tu lado sólo por sentimientos de lástima, y no verdaderamente por amor. De hecho, lo que estás haciendo no ayuda a tu dignidad ni a la de él. No es justo para nadie.


El amor debe sustentarse sobre las razones correctas o simplemente, no es correcto vivirlo. Se convierte en un error que tarde o temprano genera estrés emocional, frustración y una carga que termina por generar resquemor. Como diría el escritor inglés Oscar Wilde: “La compasión nunca puede sustituir al amor”.

Además, cuando la lástima es lo que nos mueve para amar terminamos no respetando a quienes decimos amar. Como diría Miguel Ruiz: “El amor se basa en el respeto. El miedo no respeta nada, ni tan siquiera se respeta a sí mismo. Desde el momento que yo siento lástima por ti, dejo de respetarte, porque creo que no eres capaz de hacer tus propias elecciones. Y cuando empiezo a hacer las elecciones por ti, te pierdo el respeto del todo. Entonces, como no te respeto, intento controlarte”.[14]


En el mismo tenor agrega: “Tú sientes lástima por mí cuando no me respetas, cuando piensas que no soy lo bastante fuerte para desenvolverme por mí mismo. Por el contrario, el amor respeta. Te amo, sé que puedes hacerlo. Sé que eres lo suficientemente fuerte, lo suficientemente inteligente, y estás lo suficientemente capacitado para hacer tus propias elecciones. Yo no tengo que hacerlo por ti. Tú puedes conseguirlo”.[15]


Conclusión


¿Es posible recuperar el amor? ¡Sin duda! ¡Siempre es posible! Seguramente algún místico te dirá: ¡Con la ayuda de Dios todo es posible! Permíteme decirte que ni Dios puede ayudar a quien no quiere ayudarse a sí mismo.


Si alguien no hace su parte, no hay nada que hacer. Dios no obra en la vida de la gente a la fuerza, eso supondría la anulación de la libertad personal.


El amor, dice la Escritura, es un “don” (1 Corintios 12:31). Eso implica que es un regalo de origen divino. No tiene mucho que ver con emociones y sentimientos, sino con la voluntad, y ese es el quid del asunto. Dios puede otorgar el don, pero nunca fuerza a alguien a recibirlo, ni tampoco hace que personas que no tienen nada en común terminen enamorados, eso es misticismo y del barato.


Dios da discernimiento, talentos, capacidades que dan fuerza a nuestra voluntad, pero, sin lugar a dudas, las decisiones las tomamos nosotros, no él, eso sería un asalto a nuestro libre albedrío.


Si tu pareja quisiera pedir ayuda y tú también, sería posible avizorar algo. De hecho, es constante en la orientación matrimonial decirles a las personas que no salgan de una relación sin haber recibido terapia para que tengan la plena conciencia, si van a terminar la relación, que hicieron todo lo posible.


Amar es un regalo maravilloso que hace que la vida se torne en un espectáculo multicolor. Por eso que es tan importante vivir el amor de una manera sana y correcta, de otro modo, se termina empantanado en relaciones que producen insatisfacción, recelos, frustración y amargura.


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Referencias

[1]  T. Harris, G. W. Brown y A. Bifulco, “Loss of parent in childhood and adult psychiatric disorder: the role of lack of adequate parental care”. Psychology Medical 16 (1986):641-659.

[2]  Michael Rutter, La deprivación materna (Madrid: Ediciones Morata, 1990).

[3]  María Jesús Mardomingo Sanz, Psiquiatría del niño y del adolescente: Método, fundamentos y síndromes (Madrid: Ediciones Díaz de Santos, 1994), 227.

[4]  José Sánchez Parga, Orfandades infantiles y adolescentes: Introducción a una sociología de la infancia (Quito: Editorial Abya Yala, 2004), 74.

[5]  Mario Valdivia, “Trastorno por estrés postraumático en la niñez”, Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría 40/2 (2002):75-85.

[6]  María Elena Montt y Wladimir Hermosilla, “Trastorno de estrés post-traumático en niños”, Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría 39/2 (2001): 110-120.

[7]  Bárbara Johnson, Lo mejor de Bárbara Johnson (Nashville, TN.: Thomas Nelson, 2007), 149.

[8]  Ibid., 150.

[9]  Dalai Lama, Los siete pasos hacia el amor (Madrid: Penguin Random House Grupo Editorial España, 2010), 41.

[10] Dalai Lama, En mis propias palabras (Madrid: Penguin Random House Grupo Editorial España, 2010), 28.

[11] Michel Esparza, Amor y autoestima (Madrid: Ediciones Rialp, 2009), 226.

[12] Ibid., 130.

[13] C. S. Lewis, Cautivado por la alegría. Historia de mi conversión (New York: Harper Collins, 2006), 177.

[14] Miguel Ruiz, La maestría del amor (Barcelona: Ediciones Urano, 1999), 32.

[15] Ibid.

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¿Cómo seguir en pareja cuando tenemos ideas tan distintas?







Nota aparte:


Todos los días recibo preguntas para ser contestadas en el blog. Habitualmente contesto una por semana, por razones obvias, tengo mucho que hacer, y contestar me lleva una buena cantidad de tiempo. Tomo esto con la mayor seriedad del mundo. Digo esto, porque esta semana tres personas me han escrito enojadas porque no he contestado sus preguntas. El criterio que sigo a la hora de contestar es elegir una pregunta que sea repetitiva, es decir, que hayan efectuado también otras personas, lo que me da una idea de que es un problema común; contestar algo que sea pertinente (algunas preguntas son incontestables, para cualquiera); elegir una pregunta que sirva de respuesta para el mayor número de personas posible; escoger una pregunta que realmente tenga una posible respuesta; y, finalmente, contestar sólo aquello en lo que tenga experiencia y contenido, no podría dar respuesta a ámbitos en lo que no me considero competente.

En el contexto anterior, esta semana he estado pensando toda la semana cómo contestar lo que voy a responder ahora. Le he dado muchas vueltas en mi cabeza. La razón, es que recibí dos cartas, desde perspectivas distintas, pero con la misma problemática. Una escrita por un joven y otra por una señorita. La duda de contestarla es porque no tengo la menor idea si los que escriben son novios entre sí, o novios de otras personas. Si es lo primero, tengo miedo de confrontarlos, si es lo segundo, el temor es que el que no escribió se sienta confrontado. Finalmente, luego de darle muchas vueltas, decidí publicar ambas preguntas, para que se tenga la perspectiva de ambos lados. Si son novios entre sí, sería una bendita coincidencia, porque ninguno sabe en el momento de escribir que me están escribiendo de lo mismo, lo que sería una bendición, porque ambos están buscando ayuda, y pedir ayuda, siempre es la mitad de la solución. Si no son novios entre sí, al menos, sabrán que otras personas pasan por situaciones similares. Contestaré ambas cartas al mismo tiempo, intercalando frases de cada una de ellas para que mis lectores no se pierdan en la argumentación.

Aquí pueden leer las cartas, ambas íntegras, a las que se le han quitado como siempre, datos personales que pudieran exponer a los autores, y se han corregido, como es habitual, faltas ortográficas y de redacción (vicio de escritor).

***


“Sufrimos más por nuestras opiniones que por los acontecimientos mismos” (Séneca)


Pregunta él

“Estoy de novio hace algunos meses y hemos tenido confrontaciones de pensamiento, en especial, del ámbito espiritual. En los últimos años, en base a estudio, he cambiado mucho mis creencias llegando a discrepar en muchos puntos con las personas de mi iglesia. Hace algunas semanas atrás discutimos con mi novia por un asunto doctrinal en el que se enteró que discrepo mucho y marcó un quiebre en la relación. Un par de días atrás una discusión por un suceso externo a nosotros me llevó a pensar en discusiones anteriores en especial la que marcó nuestra mayor diferencia. La verdad es que no me siento muy bien cuando confrontamos ideas. Al punto de evitar tocar ciertos temas que sé que son controversiales con el fin de ahorrarme el momento. Noto que a ella le pone muy mal cuando discrepamos, en especial en lo espiritual. Estoy empezando a creer que ella no va a ser feliz conmigo porque veo el miedo y rechazo en su cara cada vez que se entera de alguna de mis discrepancias. Creo que en ese punto de quiebre deberíamos coincidir porque involucra la escénica misma de Dios e influye en la crianza de los hijos. A mí personalmente no me interesa mucho coincidir en ciertas cosas, pero acepto su deseo. Creo que ella podría ser más feliz con alguien con un pensamiento más cercano. He llegado a la triste conclusión de que quizá sería mejor seguir cada uno por su lado. Pero me duele mucho porque la amo. ¿Será una mala decisión?”.

Pregunta ella

“Hace un tiempo conocí a una persona muy hermosa.  Nos llevábamos muy bien y me demostró su amor, su respeto y escucha en cada momento que estuvimos juntos. A medida que pasó el tiempo, mientras lo conocía me di cuenta de que hay cosas que no concordábamos, por ejemplo: el diezmo (el cree que no es necesario entregarlo a la iglesia), la alimentación (soy vegetariana), la independencia (todavía no quiere irse de su casa, se está por graduar en la universidad), la oración (Él cree que Dios ya sabe y hace todo, no hace falta pedir, contarle, etc.). Cosas así que, si bien me hacían ruido, entendía que estábamos en un proceso de crecimiento constante y juntos nos podíamos llegar a entender. Él es muy noble, me escucha y podemos hablar. Hace algunas semanas me dijo que había estudiado el tema del Espíritu Santo y piensa que es una energía, entre otras ideas. Se me rompió el corazón, es como que me haya dicho que Jesús es un profeta y no parte de la divinidad. Estudiamos algunos textos y la verdad es que no puedo entender como los saca de contexto. Hace unos días me llamó y me dijo que no podíamos seguir juntos porque no íbamos a poder ser felices con diferentes maneras de mirar a Dios. Estoy muy triste, sin saber cómo seguir. ¿Será que es una bendición para ambos el no continuar?”

Respuesta

Queridos amigos:

Mi primera reacción a su carta fue ponerme triste. Ambos, representan uno de los aspectos más difíciles de entender de la religión, esa que divide y no une. La religiosidad tóxica que crea enemigos y no busca puntos de contacto o conexión. Eso me entristece, desde hace mucho tiempo, y creo que ustedes son la punta del iceberg que se esconde detrás de muchas congregaciones y creyentes, la dificultad para dialogar sin llegar a consensos o entender que lo más importante no es la diferencia sino los puntos de conexión, que es evidente, en su relación no lo están encontrando.

Sin embargo, también me pone triste el entender que están cometiendo el peor error de su vida. Ambos, tú varón, porque amas y aun así no estás dispuesto a luchar por el amor; y tú, dama, por creer absurdamente que tener pareja es encontrar a alguien que piense de manera similar a ti, especialmente, en religión.

Han encontrado, ambos, lo más difícil de la vida: Alguien a quien amar y una persona que los ame, pero, están poniendo todo en riesgo simplemente, porque no han aprendido a dialogar, discrepar y vivir en paz, aún con ideas diferentes. ¿Qué quieren? ¿Un clon de sí mismos?

La difícil tarea de pensar

Una de las empresas más difíciles que le toca aprender a resolver al ser humano es pensar. La mayoría de las personas simplemente repite, y, además, muchos lo hacen mal al sacar fuera de contexto ideas que no tienen validez, pero, aun así, las dicen con la convicción de que están diciendo una verdad tremenda, cuando no son más que ideas comunes y opiniones sesgadas.

Nos cuesta enormemente pensar con criterio propio y, además, aceptar que las otras personas también tienen derecho a pensar, con las limitaciones propias de cada cual.

Pensar es un arte, que no es dominado por la mayoría de las personas. Es un ejercicio que exige ser analítico, crítico y, además, ser capaz de crear su propio pensamiento, y es en esta última parte donde fallamos más a menudo, porque llegamos a creer que si una idea es propia no es válida, y de esa forma, también le negamos a otros la posibilidad de desarrollar sus propias ideas.

Hace algunos días critiqué en las redes sociales el que pusieran una página de un libro que es netamente sexista, con estereotipos que son parte del folklore cultural cotidiano donde se supone que las mujeres y los varones somos de una determinada manera fija, lo que a menudo no es más que categorizar en estereotipos sesgados de la realidad. La persona que había puesto el post me escribió diciendo:

—¿Cómo puede criticar un libro que es sugerido por un experto en relaciones familiares?

Mi reacción fue preguntarme ¿por qué no? ¿Alguien tiene el monopolio del pensamiento? ¿Alguien —fuera de Dios— es dueño de la verdad?

En lógica la reacción de esta dama se llama “falacia ad verecundiam”, una expresión latina que alude a la “apelación a la autoridad”, es decir, creer que algo es verdad o falso sólo porque lo sostiene una persona experta. Eso es falaz. También los expertos nos equivocamos. Cada persona debería ser capaz de analizar por sí mismo y determinar, en lo que es su área de competencia, que es verdad y qué es falso.

Lo último que he dicho es fundamental. “Área de competencia”. Nunca me atrevería a hacer un análisis de un compuesto químico porque no es mi especialidad; ni decirle a un astrónomo que sus cálculos están equivocados, porque no tengo ninguna experticia en astronomía; ni hablar sobre temas en los que no tengo experiencia ni estoy capacitado.

Lamentablemente, estamos en la época de la “post verdad”, donde cada persona se siente con el derecho a determinar qué es y qué no es verdad. De esa forma, dejan de estudiar y todo se convierte en opinología. Los opinólogos han aumentado de manera exponencial. El acceso a la información (la mayor parte de mala calidad) que ofrece Internet, ha hecho que muchos supongan que “saben”. Cuando en realidad, está probado que la mayor parte de las informaciones que se transmiten por internet o son falsas, o exageraciones o conceptos tomados fuera de contexto. En esto concuerdo con el filósofo italiano Vincenzo Gioberti: “La opinión es la enemiga directa de la verdad”. Especialmente cuando se afirma como absoluta y no examinable.

Pero a la vez, el mundo en el que vivimos aunque ha aumentado la cantidad de información y el acceso a ella, ha llevado a miles de personas a convertirse en censores del pensamiento ajeno. En internet abundan los Trolls, personas que se arrogan el derecho a ridiculizar, denostar, humillar y maltratar a quienes tienen ideas diferentes a ellos. Lamentablemente, como vivimos en una “aldea global”, como diría Marshall McLuhan,[1] todos terminamos afectados por ese sensacionalismo de creer que si alguien piensa distinto a mi es mi enemigo o una persona de la cual hay que sospechar, actitud que abunda en muchas congregaciones religiosas.

Me temo que, especialmente ella, esté afectada por este tipo de actitudes. ¿Por qué deberías sospechar de alguien que por conciencia cree que el diezmo no debe ser dado a la iglesia? Es un asunto que debe resolver por sí mismo y no porque tú o alguien lo disuada o amenace con las penas del infierno. Dios nunca hace eso y lamentablemente, se utilizan textos fuera de contexto para denostar a quienes creen distinto.

Si él no cree en el Espíritu Santo, o al menos, en la manera en que ella lo cree, ¿qué? ¿En qué parte de la Biblia dice que una persona se salva por creer en el Espíritu Santo? La última vez que leí la Escritura decía: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él [es decir, Jesús], no se pierda, más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Si leo bien, la condición es creer en Cristo. Más aún, si alguien, como tu novio, no creyera, la manera de atraerlo a Jesús no es con acusaciones, o asombrándose, sino mostrándole con amor lo que significa creer en Jesús. No es tarea nuestra hacer que la gente crea de una determinada manera o no, sino mostrarles en acción lo que implica seguir a Cristo, y luego permitir que el Espíritu Santo obre en sus vidas (sin importar que idea tengan del Espíritu Santo).

En esto solemos olvidar el significado de la libertad cristiana, tal como lo expresa Pablo: “Cristo nos libertó para que vivamos en libertad” (Gálatas 5:1). Cuando olvidamos eso nos convertimos en intolerantes y cargamos al cristianismo de un estigma que valida lo que muchos piensan de los cristianos como gente cerrada y sin capacidad de análisis ni diálogo. Como señala el filósofo y matemático inglés Bertrand Russel: “La intolerancia que se extendió por el mundo con el advenimiento del cristianismo es uno de los aspectos más extraños”[2] del cristianismo. ¡Y claro! Niega totalmente lo que Jesús fue y dijo. Cada día me pregunto si Cristo se sentiría identificado con los cristianos que lo “defienden” en las redes sociales y en la vida cotidiana.

El teólogo católico Hans Küng señala acertadamente que la libertad cristiana se caracteriza por estar plena de “generosidad, tolerancia, equilibrio, serenidad, naturalidad, humor, fortaleza, confianza en sí mismo, valor para pensar y para decidir, esperanza y alegría”.[3] Cuando esas características no están, entonces, es dable pensar que se está en un contexto de intolerancia.

Tolerancia positiva

Si bien es cierto muchos abusan de la expresión “tolerancia”, eso no significa que no tenga significado y que siga siendo importante.

Una relación de pareja, tal como la relación entre todos los seres humanos, se sustenta en la tolerancia. Sin ese valor incorporado en la acción cotidiana terminaríamos en la Edad de Piedra.

El Diccionario de la Real Lengua Española define la tolerancia como el “respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás cuando son diferentes o contrarias a las propias”. La palabra clave aquí es “respeto”. Del latín “res-pere”, es decir, observar con cuidado, mirar con atención... estar atento al otro. No puedes respetar a alguien que no conoces. Al contrario, es una falta de respeto el que pretendan que la otra persona piense de la misma forma como lo hacemos nosotros.

La tolerancia implica un ejercicio de paciencia y bondad. Paciencia, porque sin esa acción no es posible escuchar con atención, y bondad, porque para poder entender con claridad lo que otra persona nos quiere expresar se necesita una gran cantidad de bondad, es decir, una actitud de comprensión bondadosa hacia la perspectiva de otra persona.

No es posible ninguna relación de pareja sin un grado de tolerancia lo suficientemente efectiva como para aprender a vivir con las particularidades de otra persona, que no sólo pasan por la religión, sino por todos los aspectos de la vida.

Ambos, en un sentido u otro están demostrando poca tolerancia. Ella, la dama, porque es incapaz de entender que la religión y los matices no se imponen, de ninguna forma, ni Dios lo hace, ¿cómo podemos hacerlo nosotros? Él, el varón, porque en vez de quedarse a luchar, para aprender a vivir con una persona con criterios diferentes huye, de una forma que es cómoda, pero que no sirve, porque siempre se encontrará con gente que piensa diferente. Es imposible que encuentren un clon de sí mismos, y si por ventura sucediera, sería una relación tóxica, aburrida y sin desafíos.

Religión y tolerancia

La Biblia dice que tenemos que aprender a “soportar o sobrellevar” las cargas de otros (Gálatas 6:2), especialmente de quienes no nos gustan. ¡Qué desafío! ¿No? Porque ponerse de acuerdo con quien piensa igual a uno es un mero trámite. Lo difícil es encontrar puntos de contacto con quien piensa diferente. Pelear por religión no sólo es una mala comprensión de la fe, sino que implica que ambos, van por una vía un tanto enfermiza.

Si me dijeran que uno es cristiano y el otro es musulmán, probablemente, allí tendría reparos, porque las diferencias son tan grandes que estamos frente a situaciones difíciles de sortear, pero no imposibles, conozco un matrimonio donde él es musulmán y ella cristiana, viviendo en un país no musulmán (porque sería imposible esa fórmula en un contexto musulmán), que han aprendido a vivir juntos respetándose.

Pero ustedes son cristianos, sé por secciones de las cartas que suprimí, que son de la misma denominación. ¿Qué sentido tiene distanciarse? No aprender a vivir con las diferencias teológicas, es simplemente, un rasgo de inmadurez.

En 1 Corintios 13:7 Pablo dice que el amor “todo lo soporta”. No se trata de “soportar” en el sentido de “aguantar”, sino de “sostener”, y ser de apoyo. Porque eso hacen las parejas sanas, se apoyan mutuamente, y se respetan, sobre todo eso, porque han entendido que son diferentes, por lo tanto, entienden que no están en la vida del otro para cambiarlo, sino para aprender a vivir juntos en armonía.

En el mismo tenor la Biblia dice: “Unánimes entre vosotros; no altivos, sino asociándoos con los humildes. Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Romanos 12:16, 18). Esta última parte es crucial: “En tanto dependa de vosotros”, es decir, la iniciativa de la paz nace en ti. Si quieren discutir, distanciarse, enojarse o sentir que el otro está realmente mal porque no tiene los mismos pensamientos, entonces, no se está ejerciendo eso de “en tanto dependa de ti”.

Pablo agrega: “Recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para la gloria de Dios” (Romanos 15:7). Si alguien dio lecciones de tolerancia fue Jesús. Con los únicos que mostró indignación y respondió de una manera drástica fue con los intolerantes de su tiempo, especialmente con los religiosos que creían que todos debían creer exactamente como ellos, o de otro modo, iban a ser rechazados por Dios, como si hubieran tenido una entrevista personal con la divinidad y les hubiera dado el mandato de ser intolerantes con los que no pensaran como ellos.

La Escritura establece claramente cómo los cristianos tienen que actuar los unos hacia los otros y hacia los de la fe: “Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor” (Efesios 4:2). La última parte creo que hay muchos que simplemente no la han leído. No entienden o no quieren comprender que la fe no se vive de una sola manera. En el mismo tener Pablo agrega: “Sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo” (Efesios 4:32).

Distanciarse de alguien, que pertenece a la misma fe, y que cree en el mismo Dios, es simplemente, una locura. Todo ser humano emocionalmente maduro puede aprender a interactuar con personas que piensan distinto. Aún, dentro de la misma fe. Jesús soportó a sus discípulos. Pero cuando no entendemos lo que significa la fe, especialmente en términos de salvación y gracia, caemos en conductas que son discriminatorias y faltas de sentido común.

Pablo, que vivió en una época donde pensar diferente, podría significar la muerte, señaló: “Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros” (Colosenses 3:13). Es decir, tener la misma actitud de Jesús de aceptación frente a quienes pensaban diferente.

Lo mismo le señala a la comunidad cristiana de Galacia: “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10). En otras palabras, con quienes más debemos ser cautos y hacer bien es con los de la misma fe, que son nuestra familia. ¿Cuánto más en una pareja?

La tolerancia implica respeto, e incluso protección a los derechos legítimos de pensar diferente que tienen las personas. Si no son capaces de respetarse ustedes, que dicen amarse, ¿cómo podrán hacerlo con otras personas?

Si no hubiera habido tolerancia los cristianos no habrían sido los defensores de la libertad en el contexto de la esclavitud; ni hubiera habido tantos cristianos involucrados en proteger a los judíos perseguidos por el nazismo; ni tantos creyentes de Jesús involucrados en el movimiento por los derechos civiles, no sólo en EE.UU., sino en diversos puntos de la tierra. Cuando olvidamos la esencia del respeto, entonces, pasamos de la tolerancia a la persecución y la desavenencia. Que eso se viva al interior de una pareja que se ama, es simplemente, algo extraordinariamente triste.

Cuando hay tolerancia existe la capacidad de escuchar y de aprender de las perspectivas distintas. Sin ese ejercicio de civilidad, los cristianos no podríamos predicar el evangelio, tener iglesias ni comunicar el mensaje a través de medios de comunicación masivos.

La tolerancia permite que podamos vivir de manera pacífica al lado de otros, pese a nuestras diferencias. Si no hubiera habido tolerancia en mi matrimonio, hace mucho rato que estaría divorciado. Mi esposa cree en muchas cosas que yo no creo, y viceversa.

Pablo señala acertadamente “seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14). Los cristianos debemos ser los defensores de la paz y la concordia, no provocar reyertas, simplemente, porque otra persona piensa diferente a nosotros.

En el Antiguo Testamento se enseña que los creyentes deben ser buscadores de la paz (Salmo 34:14) y promotores de la misma (Proverbios 12:20).

Jesús habla de sus seguidores como “pacificadores” (Mateo 5:9) y los llama bienaventurados, es decir, gente feliz. Porque una persona amargada o poco flexible no puede ser pacificadora.

Para hacer todo esto no necesitamos sacrificar nuestros principios bíblicos, sino “en cuanto dependa de nosotros”, como dice Pablo “vivir en paz” con todos (Romanos 12:18).

Jesús fue capaz de hablar con una mujer samaritana, siendo judío; compartir la mesa con un traidor y ladrón, cobrador de impuestos como Zaqueo; estar junto a un hipócrita y fariseo como Simón; alabar la fe de una mujer cananea que adoraba a dioses paganos como Baal y no tuvo reparos en sanar a su hija.

La tolerancia “valora, respeta y acepta al individuo sin necesariamente aprobar o participar de sus creencias o modo de actuar. La tolerancia tradicional hace diferencia entre lo que una persona piensa o hace y la persona misma”.[4] La clave es que podemos aprender a vivir en paz, sin necesariamente participar de las creencias de otras personas. Esto es mucho más factible entre personas que dicen amarse, cuando realmente tienen voluntad de ser tolerantes.

No caer en la “nueva intolerancia”

Paradojalmente, nuestro mundo contemporáneo que se cree tan tolerante ha aumentado sus niveles de intolerancia hacia aquellos que piensan y obran de manera diferente. Lo más lamentable es que lo hacen a nombre de “la verdad”, “la democracia”, “la religión”, “la ciencia”, etc.

Ayer escuché un pedazo de un sermón, porque no tuve el estómago para seguir escuchando más, como un pastor en un país sudamericano pedía la muerte de los homosexuales y de quienes les apoyaban. ¿Cómo puede un cristiano en sus cabales desearle la muerte a otro ser humano? Eso me recuerda la actitud intolerante que asumieron Juan Calvino y Martín Lutero con quienes estaban en desacuerdo con sus ideas. O los grupos que huyeron de Europa para vivir su fe en libertad, pero se convirtieron en los más crueles intolerantes de quienes no apoyaban sus ideas asesinando y quemando a quienes tenían ideas distintas. Los episodios de los cuáqueros, y en la actualidad, las comunidades Amish con quienes siendo de sus filas deciden creer distinto es tristemente contradictorio con sus ideales. Aún tengo en la retina el horror que me causó leer el libro La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne,[5] que narra los excesos del puritanismo. Como es habitual, se hizo una película mediocre de un buen libro con el mismo nombre.

Lo que más causa repugnancia a algunos es la “intolerancia”, no obstante, actúan de la misma forma ante personas que sostienen pensamientos diferentes a los de ellos.

La nueva intolerancia niega la convicción. El escritor inglés C. S. Lewis escribió: “La tolerancia es la virtud del hombre sin convicciones”. Aunque admiro profundamente la mente de Lewis, no puede estar completamente de acuerdo con él. Puedo ser tolerante con las ideas ajenas, y aun así mantener mis más profundas convicciones.

Tener la convicción de estar en la verdad, no debe convertirme en intolerante con quien tiene una certeza distinta a la mía. Debo exigir, que se respete mi derecho a expresar mis convicciones, pero todo derecho supone un deber, en este caso, el deber de respetar las convicciones ajenas, a menos que ellas me priven de mi derecho.

No puedo aceptar, por ejemplo, las prácticas de grupos terroristas islámicos, pero no puedo negarles su derecho a vivir su religión dentro de sus convicciones, por mucho que no esté de acuerdo.

Uno de mis amigos es ateo, y hemos aprendido a llevar una amistad basada en nuestros puntos de encuentro, y no en las diferencias. Hacer énfasis en lo que nos separa, y no en los que nos une, es la receta para la discordia.

Alguna vez leí la frase de que “un enemigo es aquel de quién aún no conoces su historia”, y en muchos sentidos es cierto, porque si hay algo difícil de hacer es situarnos en la perspectiva de la otra persona.

Luchar por el amor

Terminar una relación por diferencias de opinión, especialmente si son de religión y su relevancia es subjetiva es algo absurdo. Amar y encontrar a quien amar, es una tarea compleja, y cuando se logra encontrar a alguien para amar, dejarlo por diferencias de opinión, que pueden ser limadas y confrontadas positivamente, no es una buena idea, al contrario, podría ser un síntoma de estar viviendo lo que Bernardo Stamateas llama una “fe tóxica”.[6]

Amar demanda un compromiso por la comprensión y el aprender a situarnos en la perspectiva de quien amamos. Nadie es dueño de la verdad, y el amor es el principal motor para poder llegar a acuerdos y acercamientos con personas que tienen opiniones distintas.

El filósofo Karl Popper cita[7] a Voltarie que se pregunta: ¿Qué es la tolerancia? y responde, “tolerancia es la consecuencia necesaria de constatar nuestra falibilidad humana: errar es humano, y algo que hacemos a cada paso. Perdonémonos pues nuestras mutuas insensateces. Éste es el primer principio del derecho natural”.

Esto que dice el filósofo francés debería ser la práctica habitual de los que se aman “perdonarse sus mutuas insensateces”. La única razón para separarse o alejarse, es simplemente, porque alguien rompe el pacto, y eso, puede significar que alguien sea violento(a), infiel, abandone, o realice cualquier otra cosa que cause daño a su pareja, de otro modo, todo se puede solucionar.

El fanatismo, habitualmente está relacionado no sólo con la incapacidad de analizar las perspectivas ajenas, sino con la actitud intolerante de querer imponer a otro sus propias convicciones. Eso no es lícito en una relación saludable.

La intolerancia mata la tolerancia. No nos deja pensar y no le permite al otro hacer lo mismo. La intolerancia termina por asfixiar la realidad. El amor es, por definición, tolerante, porque ¿de qué otro modo podrían vivir juntos dos personas que tienen diferente historia, raíces, conceptos y estructuras mentales?

No se trata de relativismo, como ya hemos dicho, sino de convicción, pero no de imposición. Quien cree lo hace desde la conciencia, pero nadie puede aspirar a ser conciencia de otra persona, eso no sólo no es lícito, sino que, además, constituye una negación del derecho.

Popper en su ensayo habla de “pluralismo crítico”, es decir, de la capacidad de examinar todas las teorías, para dialogar y buscar la verdad, no para generar violencia. Esa debería ser la actitud. Partir de la base que cualquiera puede proponer una teoría, y todas pueden ser examinadas, pero eso no implica desechar o maltratar a quienes la proponen.

Amar es aceptar, especialmente, las diferencias, excepto si éstas nos dañan intencionalmente.

Por lo que deberían luchar es por su amor y por encontrar puntos de encuentros. No por hacer defensa de la fe. Porque tal como expresa el historiador Felicísimo Martínez Diez[8] “la apologética nunca se ha caracterizado ni por la objetividad ni por la tolerancia”. Es muy difícil no actuar como un defensor intolerante o como alguien que pierde los estribos. Créanme, no vale la pena. El amor que tienen es mucho más importante que cualquier diferencia, que deben aprender a superarlas con cariño, nunca con imposición, enojo o controversia.

Si deciden terminar será una pena y un reconocimiento explícito de que aun no han aprendido lo esencial del amor, que es el respeto.

 



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Referencias

[1]  Marshal McLuhan y B. R. Powers, La aldea global: Transformaciones en la vida y los medios de comunicación mundiales en el siglo XXI (Barcelona: Editorial Gedisa, 2005).

[2]  Bertrand Russell, Why I am not a Christian: And other essays on religion and related subjects (pref. Simon Blackburn; New York: Routledge, 2005), 30.

[3]  Hans Küng, Libertad del cristiano (Barcelona: Herder, 1989), 83.

[4]  Josh McDowell y Bob Hostetler, La nueva tolerancia (Miami: Editorial Unilit, 1999), 26.

[5]  Nathaniel Hawthorne, La letra escarlata (Barcelona: Penguin Clásicos, 2015).

[6]  Bernardo Stamateas, Intoxicados por la fe (Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2010).

[7]  Karl Popper, “Tolerancia y responsabilidad intelectual”, en: http://nomeseasprogre.org/2012/08/22/tolerancia-y-responsabilidad-intelectual-por-karl-popper/

[8]  Felicísimo Martínez Diez, “Cristianismo y tolerancia”, en Religión y tolerancia: En torno a Natán el Sabio de E. Lessing (J. Jimenez Lozano, F. Martinez, R. Mate y J. Mayorga, eds.; Barcelona: Anthropos Editorial, 2003), 44.

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