El delicado camino de la confesión

PREGUNTA

“Soy una mujer casada. Asisto a la iglesia pero mi esposo no, él es un hombre tranquilo pero muy estricto. Lamentablemente cometí un error en mi vida que me ha dejado marcada. Sé que Dios perdona al pecador y confió plenamente en ello, sin embargo, no tengo paz no porque crea que Dios no me perdona sino porque mi error nunca se lo he dicho a mi esposo y no sé si deba hacerlo, me siento muy confundida porque no sé qué hacer.

Cuando tenía cerca de 20 años tuve confusión con mi sexualidad y me involucré en relaciones lésbicas. Ocurrió hace diez años. Me casé hace cinco, pero había estado de novio con él desde que yo tenía quince. La relación lesbiana duró dos años. Nunca he podido decirle nada a él por miedo a su rechazo. La verdad es que no se si deba o no decírselo. El vive repitiendo que odia la mentira. Además creo que lo dañaría profundamente y posiblemente destruiría mi matrimonio. Creo que un incoverso como a él le resultaría difícil perdonar.

No deseo ver mi matrimonio despedazado porque siento que él no es capaz de perdonar, al menos esto. He leído que existen pecados que debemos confesarlos unos a otros y otros que solo se confiesan a Dios no se cual es mi caso.

Nunca le he dicho a nadie de esto, yo sola me torturo pensando. No sé qué hacer y qué decisión tomar, le ruego que me de alguna orientación”.

RESPUESTA

Apreciada amiga:

Me da tristeza saber que durante tanto tiempo te has torturado a ti misma. En muchos sentidos, siento que eres víctima de tu propia conciencia y de una sensibilidad que está vinculada especialmente no a la falta de perdón de él, sino al castigo que te has infringido a ti misma.

Lesbianismo

Lo que te ha pasado en muchos sentidos responde a patrones de vida. No llegaste a esa situación de la noche a la mañana. Fue un proceso. Algo debió haber sucedido en tu vida que creó las condiciones para que tuvieras dificultades para tu identidad sexual. Muchas veces, ese proceso ocurre precisamente en la adolescencia, a los veinte años, puedes haber sido una adolescente tardía, como le pasa a muchas personas.

Nadie tiene derecho a juzgarte por lo que has vivido. Suficiente has tenido con lidiar con tus complejos de culpa.

A veces los cristianos, con un juicio implacable solemos tratar a quienes tienen luchas con su preferencia sexual como si fueran los mayores pecadores del mundo, cuando en realidad, son personas con conflictos que merecen nuestra mayor comprensión y empatía. Si alguien cree que es fácil vivir una situación de esa índole, no sólo peca de simplista, sino que no entiende nada. He atendido a suficientes personas con problemas de identidad sexual para entender que se trata de algo muy complejo que no alcanza con simplemente decir que tienen un “problema” o “un pecado”, como a algunos simplistas les gusta sostener.

No creo que Jesús con su amor y empatía habría actuado como suelen obrar algunos que se hacen llamar “cristianos” y sin embargo, discriminan, maltratan y excluyen. Jesús dijo: Yo “no juzgo a nadie” (Jn. 8:15), esa misma debería ser la actitud de quienes se llaman sus seguidores.

El perdón y el sentimiento de culpa

Hay algo en tu experiencia que no está bien. Vives con culpa y eso te está matando. Cuando uno acepta el perdón de Dios también debe entender que el perdón de Dios es incondicional. ¿Por qué castigarte a ti misma si Dios no lo hace? ¿Por qué maltratarte si ese no es un camino de paz?

Dios no está continuamente recordándonos nuestros errores, al contrario, la Biblia dice que “arroja al fondo del mar todos nuestros pecados” (Miq. 7:19), una forma metafórica de decirnos que Dios no es como los seres humanos, una vez que perdona olvida.

Cuando no estamos dispuestos a entender este concepto, el pecado nos hunde, nos hace sentir cada vez más mal, nos va corroyendo y termina por destruirnos, ese no es un camino adecuado.

El sentido de la confesión

La confesión de pecados tiene un sentido, pero hay que entender el contexto. La confesión está en relación a la alteración de las relaciones con otras personas cuando se busca reconciliación, perdón y reanudación de los vínculos rotos. Es el sentido que tiene en Santiago 5:16 donde los cristianos de dicha comunidad estaban peleados entre sí y necesitaban arreglar la situación. Del mismo modo Números 5:16, en el contexto de un robo que ha causado daño.

Es un mal concepto el que sostiene que debemos confesar públicamente nuestras faltas. La mayoría de las veces eso no hace bien. Ahora, si la confesión pública es un testimonio de restauración que da cuenta de la manera maravillosa como Dios ha regenerado la vida de una persona, eso tiene otro sentido, y en ese contexto, se convierte en una herramienta de esperanza, no creo que ese sea tu caso, aún.

La confesión a Dios

Distinto es con respecto a Dios. Él conoce todos nuestros errores, sin embargo, lo maravilloso es que no sólo conoce lo que hemos hecho equivocadamente, sino que además sabe las circunstancias que han motivado nuestra conducta.

Dios no es implacable, al contrario, ha dado muestras suficientes de que lo que lo mueve es la misericordia y la clemencia. No busca la perdición sino la redención de las personas en ese sentido, la confesión a Dios tiene el propósito de ayudarnos a descansar en el amor y el perdón de Dios que siempre está dispuesto a guiarnos y restaurarnos.
Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad (1 Jn. 1:9).
Dios está dispuesto a perdonarnos, limpiarnos y restaurarnos, por eso mismo la confesión de nuestras faltas a Dios tienen como fin buscar el perdón para vivir en paz.

El salmista dice algo similar:
Voy a confesar mi iniquidad, pues mi pecado me angustia (Sal. 38:18).
Luego de la confesión a Dios no necesitas realizar nada más, ni penitencias, ni obras para ganarte el favor de Dios, él en su compasión siempre te recibe y está dispuesto a no discriminarte ni excluirte de ningún modo.

El peligro de confesar a quien no está preparado

Cuando la confesión no está en el contexto de la reconciliación, puede ser contraproducente y provocar un mal antes que un bien.

¿En qué ayudaría a tu esposo el saber la situación que viviste? ¿Cómo colaboraría si él no es cristiano y por lo que dices resulta muy estricto y riguroso en su forma de ser? ¿En qué ayudaría en este momento a tu relación con él el ventilar una lucha interna que has tenido?

Algunos interpretan el versículo del salmista:
Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día (Sal. 32:3).
Como una invitación expresa a confesar a diestra y siniestra todas nuestras faltas. Sin embargo, no eso lo que dice el texto. El salmista se consumió porque no se reconciliaba con Dios sabiendo que era culpable y la divinidad lo sabía por eso los versículos anteriores dicen:
Dichoso aquel a quien se le perdonan sus transgresiones, a quien se le borran sus pecados. Dichoso aquel a quien el Señor no toma en cuenta su maldad y en cuyo espíritu no hay engaño (Sal. 32:1).
Pero está hablando del individuo con Dios, y en un contexto global, de las personas que necesitan dialogar con otra persona en pro de la reconciliación, la armonía y el buen vivir.

Hablar cuando no es tiempo es más dañino que callar. En algunos momentos el silencio es mejor que cualquier verdad.

El miedo y la culpa

En tu caso, la combinación miedo y culpa, son dos potenciales elementos que te pueden dañar no sólo en tu vida religiosa sino en tu estabilidad física.

Si temes la reacción de tu esposo deberías analizar profundamente los lazos verdaderos que te unen a él. Porque probablemente tu miedo puede esconder algo más profundo que esta situación simplemente pone en evidencia.

Temer el rechazo es en el fondo no entender que la relación de pareja se construye en claros y oscuros, donde aceptamos que no somos perfectos, pero que podemos construir un proyecto de vida con los dos lados de la luna. Nadie está libre de tomar malas decisiones o hacer acciones, que si bien pueden no ser malas en sí mismas, tienen el potencial de no gustar al otro. Vivir constantemente con miedo puede ser sintomático de que en realidad no vives con alguien que está dispuesto a amarte tal como eres, con tus claros y oscuros.

Vivir contigo misma

En realidad, lo más importante que debes resolver, más allá de tu marido y los “qué dirán” es cómo vas a vivir contigo misma. Sé por experiencia el daño profundo que hace la culpa, no podemos vivir atados a lo que hicimos como un lastre, tenemos que construir futuro, vivir con paz, de otro modo la existencia se torna en algo torturante, y vivir así no es vida.

Creo que callar es lo correcto, no le haría bien a nadie que hablaras, pero ese no es el punto. Descubrir la causa más profunda de tu ansiedad es lo que importa, entender por qué sientes la angustia que tienes. ¿Será que en el fondo dudas de tu matrimonio? Eso sería algo distinto que tratar y te guste o no tienes que enfrentarlo.

Tu marido es una persona inconversa, a menos que sea un humanista convencido y entienda la fragilidad humana, lo más probable es que reaccionará como la mayoría de los machos que conozco: Con ira, con desprecio, con un sentimiento de víctima y culpándote de todo, sin darte tiempo para elaborar, dialogar y construir.

Conclusión

No puedo señalarte qué debes hacer, sólo te muestro las consecuencias de hablar cuando no es el momento.

La Biblia dice:

“Todo tiene su momento oportuno” (Ecl. 3:1). Descubrirlo es el mayor reto de la vida, entender qué está bien y en qué momento. Apresurarse de nada sirve.

El mismo autor bíblico dice: Hay “un tiempo para callar, y un tiempo para hablar” (Ecl. 3:7). Eso implica que el silencio no es una mala idea cuando hablar puede ser contraproducente.

Confío en que tengas paz, que te refugies en los brazos de Dios que nunca, por ninguna razón, te despreciará y siempre estará dispuesto a recibirte de manera incondicional.


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