El dolor que ciega

PREGUNTA

"Mi esposo es anciano de la iglesia y predica, ¿será que tengo que desenmascararlo por qué él en casa nos trata mal y nos maltrata, no sólo con sus palabras, también con golpes y humillaciones de todo tipo, que ni siquiera me atrevo a contarle? ¿Debo decirle al pastor? ¿Debo dejarlo? Mi hijo mayor lo odia y yo hace mucho tiempo que dejé de amarlo, sólo le temo. He llegado a desear que se muera, y eso me deja más mal porque siento culpa. ¡No sé qué hacer! ¡A veces creo que es una pesadilla, que voy a despertar, pero un golpe suyo me devuelve a la realidad! Cuando alguna vez le he dicho que lo voy a acusar, se ríe en mi cara y me dice: ¿Quién te va a creer? Y pensándolo bien, ¿quién me va a creer? De hecho, los hermanos lo admiran y no creerían ni una palabra de mí. Por último, me ha dicho muchas veces que si lo dejo, me va a matar o se va a llevar a los niños con él. Sé que es malo pensarlo, pero muchas veces, al despertar, siento rabia, simplemente por estar viva, quisiera que Dios me llevara, y se acabaría este tormento. ¡Por favor! ¡Dígame algo! ¡Siento que todo está tan oscuro que simplemente me ahogo!”


RESPUESTA

Querida amiga:

Muchas veces recibo cartas desgarradoras, algunas tan difíciles de digerir que me duermo pensando en el tormento de otros. La tuya me llena de pena, porque no sólo vives una pesadilla sino que no estás haciendo lo que debes y cuando despiertes de verdad, puede ser demasiado tarde.

La tristeza de la violencia doméstica

Uno de los aspectos más difíciles de digerir de la violencia doméstica es que el dolor es provocado por alguien que se supone que nos ama o al menos nos amó. Alguien cercano, una persona a quien nos hemos entregado en cuerpo y alma. Ese es el componente más desgarrador de todo esto.

Como dice la Escritura:
“No me ha ofendido un enemigo, cosa que yo podría soportar; ni se ha alzado contra mí el que me odia, de quien yo podría esconderme. ¡Has sido tú, mi propio camarada, mi más íntimo amigo, con quien me reunía en el templo de Dios para conversar amigablemente, con quien caminaba entre la multitud!” (Sal. 55:12-14).
Cuando el que nos agrade es un extraño, alguien de “afuera”, una persona que nos es emocionalmente ajena, ese dolor se comparte con las personas amadas y se puede buscar refugio en los brazos de quienes han decidido amarnos. ¿Dónde se refugia el agredido cuando es el amado el que maltrata?

La tristeza debilita, produce enfermedades, cambia la perspectiva de la realidad, hace que nada más importe que lo que estamos sintiendo. Como un dolor de muelas, que no nos permite pensar en otra cosa que en el dolor que nos hace olvidar todo, sin tener en cuenta nada más.
“El dolor debilita mis ojos, mi cuerpo, ¡todo mi ser! ¡El dolor y los lamentos acaban con los años de mi vida! La tristeza acaba con mis fuerzas; ¡mi cuerpo se está debilitando!” (Sal. 31:10).
Es la tristeza y el dolor profundo que tienes que no te permite ver el cuadro completo y eso te convierte en ciega, tus ojos están oscurecidos por la realidad que vives, y no entiendes que a medida que pase el tiempo, ese dolor te terminará por destruir y no sólo a ti, también a tu familia. Estás viviendo el Síndrome del Túnel, no ves luz al final del camino, pero no te equivoques, si hay salida y está en tus manos el encontrarla.

Síndrome de Estocolmo doméstico

Eres víctima del Síndrome de Estocolmo doméstico. La violencia que has sufrido, no sé por cuanto tiempo, te ha convertido en una persona que ha llegado a creer en sus mentiras y con su agresividad te has convertido en dependiente de él.

Es cierto que él podría matarte. Así como vas es cosa de tiempo, tal vez no te mate el cuerpo, pero tu mente y tus afectos terminarán por morir en algún momento. La violencia es peligrosa, mata.

Es cierto que él podría llevarse a tus hijos, muchos violentos lo hacen y logran engañar a los jueces y otras personas, convenciéndolos que ellos, los agresores, son víctimas de los agredidos.

Todo eso es verdad. Sin embargo, quedarse a su lado es peor que la misma muerte. No sólo porque arriesgas morir, sino porque es morir de a poco y en el camino asesinar los afectos, sueños y proyecciones de tus hijos.

No sé cuáles son tus condiciones económicas. No sería extraño que él controlara hasta el último centavo, incluso si tú trabajas, cosa que no me dices en tu carta. Así que probablemente, no tendrás dinero para ir en busca de un profesional de la salud mental para que te ayude. Sin embargo, busca en tu ciudad algún grupo que colabore con violencia doméstica. Siempre hay. La violencia es tan común que muchas mujeres han entendido que la única forma de ayudarse, es ayudar. Otras han sobrevivido y salieron, y se dedican a ayudar a otras personas como tú.

Averigua en la iglesia si hay algún psicólogo o psicóloga, algún orientador o orientadora familiar, algún abogado o abogada, incluso algún médico(a) y pídeles ayuda, como hermanos tuyos, como personas que se supone entienden que el amor de Cristo debería llevarlos a ayudar. Busca un momento que no sea en la iglesia, ve a sus casas, habla con alguien, no te quedes callada. Pero sé cauta, el mayor peligro que enfrenta una víctima de violencia doméstica es cuando decide pedir ayuda.

La violencia desatada

La mayor parte de los homicidios o invalidaciones por violencia doméstica, suceden cuando la persona agredida decide pedir ayuda o dejar al agresor, así que ten cuidado. Actúa con cautela. Algunas cosas específicas que debes hacer:
  • Toma tus documentos personales y también los de tus hijos y llévalos a la casa de una persona confiable y pídele que te los guarde. Muchos agresores usan los documentos para inculpar a sus víctimas cuando saben que los van a dejar o para sacar a los hijos del país que viven, como una forma de dañar a su víctima.
  • Guarda dinero, aunque sea poco, pero no en tu casa, en otro lugar. 
  • Saca ropa de tu casa, poca, pero lo suficiente como para tener para cambiarte, y déjala en casa de otra persona. 
  • Averigua los teléfonos de emergencia de la policía, dáselos a tus hijos y tenlos tú, en tu mente. 
  • Prepárate para dejarlo. Quedarte un día más al lado del gorila (con el perdón de los gorilas) con el cual vives es simplemente un suicidio.
  • Si hay algún otro incidente de violencia, acude a la policía, y haz una denuncia, aunque no hagan nada, sólo que quede constancia. Muchos policías actuarán, pero también muchos simplemente minimizarán el problema considerándolo como una cuestión doméstica que debe resolverse en la intimidad del hogar. Muchos oficiales y agentes policiacos no sólo son parte de una sociedad que valida la violencia, algunos de ellos, la justifican y más de alguno es violento en su hogar, así que una denuncia, muchas veces no los conmueve, a menos que en tu país, como existe en algunos, estén obligados por ley a darle curso a cualquier denuncia policial de violencia doméstica.
Sentimientos de culpa

No te aflijas por lo que sientes. Es perfectamente lícito desear que tu agresor se muera, si no lo desearas serías marciana. Lo que no debes hacer, ni en chiste es tomar la justicia por tu propia mano, porque en ese caso, te convertirías en una agresora, y responder a la violencia con más violencia, genera una espiral que no acaba nunca. Además, con eso cometerías un delito y a una pesadilla agregarías ahora un infierno.

No sufras por desear morirte, es perfectamente posible, es producto de lo que vives, y Dios está más allá de cualquier ofensa que eso pudiera causarle. Job dijo en algún momento: “Sería mejor que me estrangularas; prefiero la muerte a esta vida” (Job 7:15). Dios no lo condenó por eso, de hecho, Dios entiende mucho más de lo que imaginas lo que te pasa y no le apena en absoluto, incluso que seas blasfema al pronunciar alguna palabra que pueda incluso sonar ofensiva a oídos de los legalistas que han hecho de la religión un refugio de condena.

Sólo que no te quedes en esos pensamientos, que de nada ayuda sentir lástima de ti misma, ya lo has hecho por mucho tiempo. Por ese camino sólo has generado una condición mental de víctima y sentirse víctima no ayuda, sólo colabora para la degradación de tu marido, que al verte en esa condición, alimenta el placer de maltratarte y su sensación de poder, que es lo que lo mueve a actuar como lo hace.

Levántate, nadie lo hará por ti. Busca ayuda, habla con las personas adecuadas que son los que no espiritualizarán tu dolor, sino que te darán salidas para mirar más allá de tu aflicción.

¿A quién hablar?

Los primeros que escuchan el dolor de una persona violentada generalmente son líderes religiosos y médicos, ambos grupos que en general no están capacitados para ayudar a víctimas de violencia doméstica.

En el caso de los pastores, la conducta típica es pedir paciencia, ¡claro!, como ellos se van tranquilamente a sus casas a dormir, recomendarle a una mujer que tenga paciencia es lo más cómodo. Muchos líderes religiosos sustentan lo que yo llamo “la teología del aguante”, el absurdo de decirles a los agredidos que tienen que quedarse al lado de los agresores, simplemente porque hicieron un pacto. Sin entender, que el primer día que el agresor te dijo una palabrota o que te golpeó, en ese momento invalidó el pacto, y tú, no tienes porque quedarte al lado de alguien que no sólo pone tu vida y la de tus hijos en peligro, sino que además no es fiel a su compromiso de cuidarte y estar contigo en amor.

Es indignante que muchos religiosos al decirles a las víctimas de violencia doméstica que se queden al lado del agresor se conviertan en cómplices pasivos de los que violentan. Olvidan que la Biblia dice claramente:

“No emplees la violencia contra tu prójimo” (Lv. 19:13), y no es un consejo sino un mandato.

"El Señor vigila a justos y a malvados, y odia con toda su alma a los que aman la violencia” (Sal. 11:5). Evidentemente en este versículo el poeta está exagerando y cargando las tintas, para expresar con un antropomorfismo lo que Dios siente por los violentos a quienes rechaza completamente, Dios es amor, nunca podría odiar, pero no acepta la violencia, por eso que decirle al agredido que se quede es desconocer lo que Dios mismo siente.

Muchos pastores tienen la tendencia, bien intencionada pero mal enfocada, de espiritualizar el dolor y las conductas erráticas. Es probable que te diga que tengas paciencia, que el Señor tiene medios para cambiar al violento. ¿Qué hará con ese consejo el día que el cavernícola con el que vives te asesine? ¿Qué hará ese pastor para curar las heridas que tendrán tus hijos de por vida? ¿Dónde ha estado él en todo este tiempo que no se ha dado cuenta que tú, una de sus ovejas, está siendo devorada por un lobo vestido de oveja?

Si tu esposo es anciano de iglesia, es porque ha engañado a todos. Por esa razón, seguir el camino de denunciarlo en la iglesia, es probable que no cambie nada, al contrario, muchos de tus “hermanos” te darán la espalda, por “acusar” a un “ungido de Dios”, porque muchos ante la violencia prefieren el camino de la negación.

Prefiero que sigas el camino bíblico de Mateo 18, el primer paso ya lo has hecho, le señalaste al hombre con el cual has vivido, el que se dice tu esposo sin serlo, el que rompió su pacto, su pecado y se rió en tu cara. El segundo paso es hablar nuevamente con él con dos o más testigos, sin embargo, en este punto no te equivoques. No cambiará simplemente porque lleves a un par de hermanos de la iglesia a hablar con él, si ese fuera el caso, ya lo habría hecho. Cuando él vea que su monstruosidad está al descubierto, entonces, como león herido se tornará en mucho más peligroso, así que opta por el camino de la denuncia, pero estando lejos de alcance de su violencia. Que otros sepan de su conducta, pero estando tú protegida. Lleva a familiares tuyos, a personas que te puedan proteger, no a individuos que sólo sean testigos y luego se marchen a su casa auto complacidos de “haber hecho algo” sin haber hecho nada para cuidarte y de no advertirte del peligro de quedarte al lado del energúmeno con el que has vivido. Eso será su oportunidad de cambiar. Pero lejos de ti.

Creo en el cambio, pero no al lado de un violento. Todos tienen la posibilidad de cambiar, más aún si se dicen cristianos, pero en el caso de los violentos, esa oportunidad tienen que tenerla lejos de quienes han dañado, porque de otro modo, corren el riesgo de atacar con más dureza a sus víctimas simplemente por el temor de perder poder e influencia.

Si no reacciona a esa instancia, entonces, recurre a la ley y pide que sea condenado por su delito, porque atacar a otra persona es ser un delincuente, que es lo que es el que se hace llamar tu marido sin serlo.

En esta instancia, te atacarán de la iglesia por llevar esto ante la justicia. Seguramente te sacarán el versículo de 1 Cor. 6:1 y te acusarán de “traer oprobio” sobre la iglesia al exponer un caso así ante jueces humanos. No les hagas caso. La Biblia también dice que: “los gobernantes no están para causar miedo a los que hacen lo bueno, sino a los que hacen lo malo. ¿Quieres vivir sin miedo a la autoridad? Pues pórtate bien, y la autoridad te aprobará porque está al servicio de Dios para tu bien. Pero si te portas mal, entonces sí debes tenerle miedo; porque no en vano la autoridad lleva la espada, ya que está al servicio de Dios para dar su merecido al que hace lo malo. Por lo tanto es preciso someterse a las autoridades, no solo para evitar el castigo sino como un deber de conciencia” (Rm. 1:5).

Si el que se hace llamar tu esposo, supuestamente no ha hecho nada malo, no debería temer. Sin embargo, no te olvides que según el concepto bíblico las autoridades están “al servicio de Dios para dar su merecido al que hace lo malo”. Es un “deber de conciencia” someterse a la ley que obra de acuerdo a la justicia de Dios. Así que no temas. Que los santos hagan lo que le corresponde, luego que las autoridades hagan su trabajo. De hecho, tengo la convicción de que los violentos no tienen esperanza de cambio a menos que muerdan el polvo, en otras palabras, que reciban las consecuencias de sus acciones, y caigan en el pozo, para aprender con dolor lo que han hecho a otros, luego, los santos de la iglesia, lo pueden guiar al arrepentimiento, la compensación al que ha dañado y a la redención. Buscar la salvación del malvado no exime a la iglesia de buscar la justicia, hacerlo sería negar el rol de las autoridades y no entender el perdón, en otras palabras, sería buscar impunidad y no es eso lo que la Biblia enseña.

Vivir con un cavernícola (con el perdón del Hombre Cromagnon)

El que se dice tu esposo es un hombre malo. Todos los somos, no hay justos en la tierra, sin embargo, ese hombre ha decidido conscientemente por la maldad de la violencia, como dice la Biblia: “Sobre el hombre bueno llueven bendiciones, pero al malvado lo ahoga la violencia” (Pr. 10:6). No lo justifiques, no lo excuses, es una persona malvada que ha decidido maltratarte a ti y a tu familia. La violencia siempre es una elección, nunca un destino.

Has vivido con alguien que probablemente también ha sido víctima de violencia. Pero no te equivoques, eso no lo justifica, porque hay miles de hijos violentados que han optado por otro camino. Lo que ha vivido puede explicar su conducta errática, pero en ningún caso lo justifica. Él eligió ser violento y eso no es genético, es opcional.

No temas dejarlo

No permitas que te siga maltratando. No eres culpable de la primera ofensa ni de la primera bofetada, pero si eres responsable por no haber actuado a tiempo y haber permitido que te dañara de la manera en que lo ha hecho. El que tu hijo lo odie es una señal inequívoca del tremendo daño que has permitido que ese hombre que se dice tu esposo sin serlo, le cause.

No temas dejarlo. No olvides que la Biblia dice: “El Señor juzga con verdadera justicia a los que sufren violencia” (Sal. 103:6). Vendrán algunos de tus “hermanos de iglesia” que te condenarán y te acusarán, y dirán palabras hirientes pensando que tú eres la victimaria. No les hagas caso, ellos no están en tus zapatos, por lo tanto, no tienen derecho a juzgarte. Sólo entiende que Dios está de tu lado y el juzga con justicia. Dios inventó el matrimonio, no el martirio que estás viviendo.

Dios “Escucha las quejas de los presos y salva con tu gran poder a los sentenciados a muerte” (Sal. 79:11). Así que no te aflijas, tienes a Dios, el que detesta la violencia, de tu parte. Dios, sabe que has estado prisionera de la violencia. No sientas culpa, sólo toma decisiones y no te quedes esperando un milagro, porque para que ello ocurra el que se hace llamar tu marido debería quererlo.

Deja que tu agresor viva las consecuencias de su propio error y tú hazte responsable de tu propia vida. “A los malvados los destruirá su propia violencia, por no haber querido practicar la justicia” (Pr. 21:7), pero eso ya deja de ser asunto tuyo. Entiende que hace mucho tiempo que no tienes marido. El que te maltrata rompió su pacto hace mucho rato, nada te obliga a quedarte con él.

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Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez 
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