No dejes que te quiten la libertad y la esperanza

PREGUNTA:

Apreciado pastor:

“Soy una joven de 28 años de edad, a los 13 años mi madre me expulsó de mi casa y durante un tiempo viví en las calles. A la edad de 15 años conocí un joven del que me enamoré. Lamentablemente me embaracé y luego él me dejó sola. Intente sacar a mi hijo adelante sola como pude trabajando muy duro. A los 17 conocí a otro chico con el cual estuve 6 años. Él me golpeaba, le gustaba mucho beber alcohol, así que terminé por abandonarlo. Finalmente logré volver con mi familia después de varios años de haber sufrido hambre, maltratos y humillaciones.

Con el tiempo conocí el amor de Dios y me uní a una iglesia cristiana, hace 3 años que soy bautizada, y llevo estudios bíblicos. Sentí el llamado para trabajar con adolecentes ya que Dios puso en mi corazón la convicción de que mi testimonio podría salvar y ayudar la vida de muchas jóvenes que están en las drogas, que provienen de familias disfuncionales, que han vivido el drama de los embarazos adolescentes y muchas otras cosas más. Llevo trabajando con este ministerio hace un año.

Estando en esta labor conocí a un joven el cual es un siervo dedicado a las cosas de nuestro Padre celestial, tiene un corazón generoso, es temeroso de Dios, un varón con muchas virtudes. Él se enamoro de mí y van ocho meses que estamos enamorando. Ambos soñamos con servir a Dios en un ministerio para jóvenes. Pues bien, decidimos hablar con nuestro pastor y nos encontramos con una respuesta muy dura de su parte. Él dijo de una manera cortante y hasta cruel que yo no soy un buen testimonio para la vida de él, ya que mi enamorado siente el llamado para ser pastor y yo soy madre soltera. Quedé devastada y confundida. Yo me aferro a las promesas de Dios de que somos nueva criatura y que además mi vida es una nueva vida porque vivo para Cristo. Quisiera saber si realmente él jamás podrá casarse conmigo y si en algún momento podrá ejercer el ministerio.

La duda que estoy sintiendo es como un castigo diario. Yo quiero que él sea feliz y haga la voluntad de Dios, que lo ha llamado al pastorado. Sé que mi vida fue terrible ante los ojos de Dios pero sé que ahora puedo usar mi testimonio para ayudar a muchos jóvenes. Espero con ansias una respuesta que me de paz”.

RESPUESTA:

Apreciada amiga:

Cuando leo cartas como la que tú me envías me lleno de tristeza, sólo en esta semana he recibido cuatro con el mismo tenor de la tuya. No me acongoja tu testimonio, que es digno de ser escrito y publicado para que miles se enteren del extraordinario amor de Dios que es capaz de redimir a quienes están perdidos y luego son rescatados por su gracia. Me llena de desconsuelo el saber que algunos se llaman “pastores” y en realidad son lobos vestidos de ovejas cuya misión es destruir y desanimar a quienes han optado por entregar su vida a Dios.

El peligro enfermante del legalismo 

El legalismo es un disfraz del enemigo de Dios para atormentar a quienes han decidido creer en las promesas de Dios.

Ese pastor que los “aconsejó”, puede que tenga las mejores intenciones, pero su honestidad no lo libra del grave error que está cometiendo. Simplemente no cree en la redención. ¿Qué espera? Una iglesia de santos impecables que nunca se hayan equivocado, en ese caso, tendría que construir su templo en otro planeta, porque los que vivimos en éste estamos todos contaminados de pecado. Ya lo decía Pablo:
Pues todos han pecado y están privados de la gloria de Dios (Rm. 3:23). 
El texto es claro: “Todos”, eso incluye al legalista que pastorea tu iglesia. Nadie está libre de pecado, por lo tanto, nadie merece la gracia por sí mismo. Si no fuera por Jesucristo nadie tendría esperanza ni salvación. Tu vida no ha sido más terrible que la de otros seres humanos, incluyendo a esa persona que se hace llamar “pastor” sin serlo.

Por eso Juan escribió:
Si afirmamos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y no tenemos la verdad (1 Jn. 1:8). 
Las iglesias no son museos para exhibir santos impecables, ese es un error que a lo largo de la historia de las religiones, incluyendo el cristianismo, ha sembrado muerte, terror y sangre. Todas las persecuciones, de todos los siglos, se emparentan en ese concepto equivocado. El problema es que quien se cree más santo que otro, termina convirtiéndose también en el verdugo de sus hermanos. El que acusa luego arma la hoguera para llevar a ella a los que ha condenado previamente. El fanatismo siempre racionaliza sus malas acciones considerándolas como formas de actuación divinas, cuando no son más que mascaradas diabólicas. No dudo que ese pastor, sin que se lo proponga, es instrumento del enemigo de Dios.

La misión redentora de la iglesia 

En muchos sentidos tú eres una persona sobreviviente y alguien que está en mejores condiciones que otros para entender y ayudar a quienes padecen o han padecido las secuelas de las drogas, los hogares destruidos, los embarazados no deseados y otras consecuencias equívocas.

Cuando pienso en que tenías 13 años cuando fuiste arrojada a vivir a la calle se me parte el alma, a esa edad, se es una niña, el que hoy día puedas estar inspirada a ayudar a otros, es simplemente un milagro, que lastimosamente tu “pastor” no ve. Eres una sobreviviente, en psicología se diría resiliente, una persona que pasó por el infierno y ha logrado llegar a la tierra prometida de la esperanza.

La iglesia tiene una sola misión: LLEVAR EL MENSAJE DE RESTAURACIÓN A LA VIDA DE LAS PERSONAS. El gran problema es que muchos de los miembros de las iglesias quieren salvar a los pecadores, pero no quieren que se salven junto a ellos. Los quieren lejos, ausentes, detrás de una pared. No desean que los pecadores que han sido salvados vengan a sentarse a su lado en la iglesia, los prefieren en sus casas, lejos, frente a sus televisores o en iglesias online.

Cuando era adolescente mi país fue visitado por un alto dignatario mundial. El aeropuerto estaba cerca de poblaciones marginales (callampas, se les decía en ese momento). Barriadas de gente pobre que construía sus miserables viviendas con cartones, latas y maderas desechadas. No sé a qué funcionario, de los “brillantes” que abundan en la política, se le ocurrió que la mejor solución era poner una pared entre la carretera y dichos barrios, para que los que vinieran del aeropuerto no tuvieran que ver la pobreza de dichas personas, y de paso, dar una “imagen” de más alcurnia.

A veces pienso que en la iglesia hay algunos que han construido una especie de barrera, entre ellos, los “más santos”, y los otros, los que han caído en desgracia y por lo tanto hay que esconderlos.

Jesús no tuvo temor de rodearse de prostitutas, ladrones, y enfermos. Los parias de su sociedad. A ellos visitó, abrazó y amó. Y cuando se acercaron los religiosos de su tiempo para reprocharle su actitud simplemente les contestó:

―No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos. Y yo no he venido a llamar a justos sino a pecadores (Mr. 2:7).

Y la última frase es una clara ironía, de las que Cristo utilizaba en abundancia porque: ¿Quién es justo? ¿Quién está libre de pecado?

Lo que pretendió enseñar Jesús es que finalmente él no puede hacer nada por aquellos que se consideran justos y sin pecado. La condición básica para ser salvo es entender que se está enfermo y necesitado de su gracia. Cuando eso no ocurre, entonces, la religión, las buenas nuevas, el mensaje eterno, carece de poder transformador.

La iglesia que constantemente le está recordando a las personas sus pecados pasados, no son iglesias, sino purgatorios, campos de concentración y tortura. Los pastores que no aceptan la redención son aquellos que no pueden entender el poder transformador de Dios y en ese sentido, se convierten en instrumentos del enemigo.

Dile a tu pastor que estudie la Escritura, porque aún ignora el poder transformador de Dios. Para muestra, algunos de los grandes héroes y heroínas de la fe, los que proclamamos, aquellos de los que hablamos, de los que se hacen sermones y se inventan cantos, los héroes que deseamos imitar… pero de los cuales no queremos entender su curriculum vitae, la realidad es que:
  • David, fue un violador, asesino, mentiroso, sanguinario, de mal carácter, e hipócrita. 
  • Salomón, fue un adúltero compulsivo y un degenerado sexual que escondía sus impulsos enfermizos en matrimonios de conveniencia. 
  • Pablo, fue un asesino, fanático y cruel. 
  • Pedro, fue un mentiroso y un traidor. 
  • Rahab, fue una prostituta que se convirtió en princesa y la abuela de Jesús. 
  • Juan, era tan soberbio y violento que lo llamaban el “hijo del trueno”. 
  • Manases, fue un tirano, ególatra y megalómano que no dudó en aserrar a Isaías. 
  • Moisés, fue un asesino, mentiroso y cobarde. 
  • Miriam, tenía una lengua viperina, chismosa y camorrera. 
  • Mateo, era un ladrón profesional y un mentiroso por definición. 
  • Abraham, fue un cobarde, un mentiroso compulsivo, y un homicida frustrado que no dudó en embarazar a su propia empleada y luego abandonarla en el desierto para que muriera. 
  • Judá, fue un codicioso, cuya lujuria lo llevó a embarazar a su propia nuera confundiéndola con una prostituta. 
Ninguno de ellos podría haber pasado la prueba del que hace llamar “pastor” de tu iglesia. De hecho, con los criterios que algunos utilizan para “medir” la vida cristiana, todos ellos se habrían convertido en exiliados entre sus hermanos. Habrían sido excluidos y alejados de la comunidad cristiana y no los tendríamos hoy como ejemplos de redención, transformación y gracia.

La serpiente que susurra 

No permitas que ese “pastor” que susurra a tu oído como la serpiente del Edén te arrastre con culpa y necedad. No olvides el mensaje bíblico:
Dios “perdona todos tus pecados y sana todas tus dolencias; él rescata tu vida del sepulcro y te cubre de amor y compasión” (Sal. 103: 3-4).
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados (1 Jn. 4:10). 
En Jesucristo “tenemos redención, el perdón de pecados” (Col. 1:14). 
Mis queridos hijos, les escribo estas cosas para que no pequen. Pero si alguno peca, tenemos ante el Padre a un intercesor, a Jesucristo, el Justo (1 Jn. 2:1). 
Satanás lucha por desanimarnos y utiliza como instrumentos a los legalistas y fanáticos que creen que ser cristiano es vivir de apariencias. Jesús vino a buscar a los perdidos, a los que tienen conciencia de pecado, a quienes saben que no merecen la gracia. Vino a dar esperanzas a quienes las han perdido. Cuando alguien no promueve eso, es simplemente acólito del enemigo de Dios.

El amor que cubre faltas 

No le hagas caso a ese pastor, discípulo de tú sabes quién. Busca al Señor que redime, al Jesús que vino a buscar precisamente a personas como tú, que han sido hundidas en el pecado, y que luego por su gracia son redimidas, rescatadas y restauradas.

Quién debe jugársela por ti es tu novio. Él es quien debe entender que “el amor cubre multitud de pecados” (1 Pe. 4:8). Por lo tanto, es él quien debe luchar para que tú seas restaurada plenamente.

Si te ama, no debería temer seguir adelante con la relación. Porque el amor es capaz de restaurar y redimir.

Si te ama te va a aceptar con tu pasado y logrará construir una vida a tu lado, porque el amor verdadero hace eso, cubre, protege, redime, restaura y anima.

Así que los diálogos más importantes los debes tener con él, no con el pastor que no entiende nada. Es tu novio quien debe ser, tal como en el caso de Booz y Ruth, tu redentor, el que esté dispuesto a comprar tu pasado porque sabe que tiene un futuro contigo.

Lo que habilita para el pastorado 

No sé de dónde salió esa idea macabra de que las personas que son aptas para el ministerio deben ser impecables, con un pasado sin faltas. Si fuera por eso Pablo, Moisés, Abraham, Pedro, Juan y muchos otros estarían descalificados para ser ministros.

Lo que califica no es el pasado, sino el presente redimido y el futuro de gloria que se produce con personas que se dejan transformar por la gracia de Dios.

Al contrario, como esposa de un pastor podrías hacer un bien mucho mayor, puesto que les darías esperanza a las mujeres y jóvenes que se han desviado y han tenido que morder el polvo de la derrota y la humillación. Darías esperanza tal como la daba Rahab, la ex prostituta de Jericó, la que se convirtió en esposa del príncipe Salmón y llegó a ser la madre de ese extraordinario hombre que fue Booz. Estoy seguro que cuando otras prostitutas veían a Rahab del brazo de su esposo se les llenaban los ojos de lágrimas, pero de gozo, de esperanza, de futuro, porque sabían que ellas también podrían llegar a ser como ella. En su presente ellas veían sanidad para su pasado. Es lo que debería ser siempre la redención, esperanza.

No bajes la cabeza. No permitas que la persona que dirige tu iglesia te doblegue. No dejes que discípulos del averno te impidan ver la luz. Si en ese lugar no creen en la gracia, busca una comunidad cristiana que si tenga a Jesús como centro, pero no dejes que te encarcelen de nuevo en la desesperanza y te alejen del único que puede darte fortaleza, Cristo, tu libertador. Escucha a Pablo, el ex-asesino, el ex-perseguidor, el ex-fariseo, el ex-fanático, el ex-despiadado: 
Cristo nos libertó para que vivamos en libertad. Por lo tanto, manténganse firmes y no se sometan nuevamente al yugo de esclavitud (Gál. 5:1). 
Al levantarte cada día, sonríe, llena de esperanza y di con una sonrisa en tus labios: Soy una hija de Dios, mi Señor, él "ha roto mis cadenas" (Sal. 116:16).

Conclusión 

Espero escuchar de ti y saber que no sólo eres la esposa de un pastor, sino que además, estás haciendo un ministerio que trae bendición a miles de jóvenes que hoy pululan por las calles sin esperanza. 

Busca y lee el libro de Sharon Jaynes, Tus cicatrices son hermosas para Dios, y luego levanta la frente: Eres una hija de Dios redimida por su gracia. No eres la dueña del universo, pero si su hija.
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Tal como en las otras respuestas, publicamos la misma con autorización de la persona involucrada. Sin embargo, quienes nos preguntan a través de nuestro blog, asumen la autorización explícita para publicar la respuesta en el mismo sitio. 


Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez 
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