¿Qué hago si estoy en una relación por compasión?




“No hay amor suficiente capaz de llenar el vacío de una persona que no se ama a sí misma” (Walter Riso)

Pregunta


“Tengo una niña de siete años. Con mi pareja no estamos casados. Crecí en un hogar cristiano disfuncional. Mi madre me dejó con mi padre cuando tenía cuatro meses, se fue a causa del maltrato físico y psíquico que sufría de parte de él. Regresó cuando yo tenía tres años y tuvieron dos hijos más. Pero, siguieron con lo mismo: celos, maltrato y peleas. Fui una niña modelo para no causar más problemas en casa. Estudié en un colegio cristiano. Cuando llegué a la universidad me descontrolé y tuve experiencias de todo tipo: musicales, intelectuales y sexuales. Comencé a beber. Tuve una pareja estable un par de años. Terminé la universidad. Seguía siendo aplicada, trabajadora, obediente, menos los fines de semana que me iba de juerga. Mi madre descubrió mi relación y me sugirió que viajara. Yo quería conocer Europa. Corté la relación que tenía, aunque nos queríamos. Éramos conscientes que teníamos heridas que curar con respecto a las relaciones familiares. Cuando llegué a Europa seguí el mismo ritmo salir, gastarme casi todo el dinero en compras y fiestas. Intentaba llenar un vacío. Conocí a alguien muy parecido a mi padre, no sólo físicamente sino también en conducta. Me embaracé y decidí asumirlo. Formamos un hogar que va mal. Creo que yo soy el problema. No se querer. Soy egoísta. Quiero tener todo bajo control. En contraste él es una persona que no se esfuerza por nada, ni en el trabajo, ni en casa. En ocasiones pienso que le odio y me veo sin salida. Hace dos años volví a la iglesia cuando me di cuenta que había tocado fondo. No bebo desde que nació mi hija. Todos me creen madre modelo. Tuvimos algunas sesiones con un psicólogo. Siento mucha culpa. Muchas ganas de gritar. Me digo a mi misma que tengo que aprender a amarle, pero, vuelvo a mis pensamientos. ¿Dónde queda Dios? Me avergüenzo de lo que pienso y lo que siento. Necesito saber qué tan mala soy. Me siento cansada, cargo todo: hija, casa, estudios y trabajo. Siento que estoy enferma. Me cuesta tener estabilidad emocional. El psicólogo me dijo que si me separo mi hija nunca me perdonaría. Mi pareja deja la decisión en mí. Pienso que él sigue por costumbre, por comodidad y para no sentirse solo. ¿Cómo curarme? ¿Cómo tolerar? ¿Cómo justificar que todo esto vale la pena? ¿Cómo hago para no derrumbarme? ¿Cómo no odiarle? Me cuesta aceptarle. Es un amor por compasión. Si nos separamos él no sabrá qué hacer. Nuestra hija se iría conmigo. Mi niña tan dulce y sonriente, ¡qué dolor! Necesito una sugerencia”.


Respuesta


A veces siento que toda pregunta que recibo es una especia de agonía. Siento en el alma todo lo que estás viviendo. Nadie merece lo que te pasa. La vida en esas condiciones sólo genera estrés emocional y una gran carga que no sirve para vivir en paz. Es preciso que pares. Que tomes decisiones radicales. Nadie elegirá por ti. Tienes que decidirte a tomar tu vida en tus manos y hacerte cargo, con todo, incluyendo las consecuencias que vendrán. Pero nada es tan terrible, nada. Toda circunstancia siempre es neutra, somos nosotros los que le asignamos un significado y “terribilizamos” la realidad. Será doloroso, pero al fin de cuentas, podrás vivir en paz y eso vale cualquier dolor momentáneo que puedas tener.


El impacto de la ausencia


Las primeras experiencias de la vida dejan huellas en las personas que perduran el resto de la vida. En tu caso, no es extraño, el quedarte a una edad tan influenciable con tu padre y no volver a relacionarte con tu madre sino hasta cuatro años después, es explicable que tengas una impronta emocional tan importante. Es “la situación de abandono del niño la que actúa como factor generador de trastornos emocionales”,[1] y al contrario, cuando existe una buena calidad en la relación adulto-niño, esto genera el espacio adecuado para proteger al infante de trastornos psiquiátricos y emocionales futuros.


¿Qué mujer deja a su hija y se va? Seguramente alguna que está tan desesperada como para no medir las consecuencias de sus acciones. No sé cómo habrás vivido esos años, seguramente tu padre se hizo ayudar, difícilmente los varones asumen la paternidad solos. De todos modos, los años iniciales dejaron huellas que te marcaron.[2] La psiquiatría ha demostrado que “los trastornos depresivos en la vida adulta se asocian con más frecuencia a la pérdida de la madre durante la infancia que a la pérdida del padre, probablemente porque la ausencia de la madre se traduce en una falta de cuidados del niño mucho más ostensible que la ausencia del padre”.[3]


La no presencia de tu madre, sin duda, generó una relación poco sana con tu padre, mediatizada por la ausencia. Esos vínculos, que parten del desgarro y el abandono generalmente forman relaciones enfermizas, que arrojan sombras sobre nuestro presente y el pasado que tendemos a reinterpretar a la luz de los acontecimientos que vivimos en esa infancia tormentosa.


Cuando lo que caracteriza la infancia es la ausencia “el niño que se desarrolla, atraviesa las edades de su niñez y de la infancia sin participar en la vida y el mundo de sus padres, de igual manera que estos tampoco comparten  su mundo infantil” lo que va a provocar que el niño sufra “un profundo defecto en su socialización primaria”.[4] En tu caso es obvio, las falencias afectivas no se pueden disimular llegada la adolescencia y la juventud.


Por eso, elegiste como compañero a alguien que no te ayuda a completar tu vida, ni siquiera a sanar. Es un clon de tu padre y eso, aparte de ser perturbador, es reflejo de las heridas y huellas emocionales no saludables que han quedado en tu vida. El amor sana, siempre y cuando la persona que elijamos no tenga las mismas necesidades afectivas nuestras y conflictos de arrastre que impliquen problemas no resueltos y heridas abiertas.


Por otro lado, un hijo no es pegamento de matrimonios. A menudo, muchas jóvenes que se embarazan sin desearlo, terminan cometiendo el error de casarse o unirse con los padres de las criaturas, como si aquello fuera una idea que pudiera traer paz y eliminar las consecuencias de una acción errática. Lo que realmente ocurre es que se convierten en relaciones tóxicas donde el hijo o hija no deseado se convierte en un obstáculo para ser felices.


Las parejas deben formarse por las razones correctas, y un hijo, por mucho que sea importante, no es una buena razón para formar un matrimonio. Al contrario, cuando se sienten forzados a conformar un matrimonio a causa de un hijo, tarde o temprano terminan lamentándolo, y, lamentablemente los platos rotos los pagan los niños.


Por mucho que no estén casados, han conformado una relación de pareja estable, aunque sea por algunos años, pero si no es por las razones correctas ésta tiene fecha de expiración, es, parafraseando a Gabriel García Márquez “crónica de una separación anunciada”.


Violencia vicaria


Otro elemento que puede explicar tu comportamiento es la violencia de la cual fuiste objeto. Por mucho tiempo se pensó que los niños que vivían en contextos de violencia eran ajenos a la misma, especialmente si se producía entre adultos. Sin embargo, numerosos estudios han mostrado otra cosa. Los hijos sometidos a constantes peleas, violencias cruzadas, agresiones de todo tipo, que observan en adultos, sufren el mismo daño físico y psicológico como si ellos mismos hubieran sido agredidos. Eso que es difícil de entender se denomina “violencia vicaria” o “traumatización vicaria”, no la reciben directamente, pero los efectos están siempre presentes.


Los hijos de ambientes hostiles y violentos suelen ser personas reservadas, miedosas, y con muchos temores, hasta llegar a la edad adulta, donde a menudo se sueltan de toda esa carga que llevan, actuando con conductas polares, tal como las que tú has vivido. 

Llenar ese vacío que se siente, por la angustia de haber pasado tantos momentos de soledad y tristeza, al ver como personas que amábamos eran agredidas, y con la impotencia de no saber qué hacer, va dejando una profunda huella emocional, que a menudo se torna en conductas de excesos,[5] tal como en tu caso, o en actitudes de evasión, que se logra a menudo a través de una sexualidad desenfrenada o en tóxicos como el alcohol, todo sea para embotar un poco los sentidos, con tal de no recordar y quitar por algún momentos esos recuerdos que atormentan.[6]


No eres culpable, eres víctima. Lástima que no te lo hayan dicho antes y tengas que pasar por todos estos momentos de infelicidad.

El descontrol que sufriste en la universidad puede deberse en parte al daño que traías de arrastre. Vivir en un contexto de violencia genera en los niños mucha ansiedad y culpa. Aprenden a controlar sus emociones por el temor que les causa el ambiente en que viven, que cuando se encuentran en una situación donde medianamente tienen cierta libertad, surgen excesos, que, de una u otra forma, pretenden embotar los temores y ansiedades que se arrastran.


Esa aparentemente vida doble, en realidad, era una fachada para esconder todo el cúmulo de temores que acumulabas, muy propio de hijos e hijas criadas en un ambiente emocionalmente hostil y que no han desarrollado una buena resiliencia, en parte, porque han sido retroalimentadas por ese contexto difícil en el que se han criado.


Es desconcertante cómo tantos hijos de la violencia tienen conductas autodestructivas. El desenfreno nunca fue el problema sino la punta del iceberg que explicaba todo lo que traías acumulado por el daño emocional que tus padres te causaron. Es cierto que tomaste decisiones, pero ellas han sido mediatizadas por los conflictos que traías. Sentir culpa no ayuda, al contrario. Comienza a llamar tu realidad con el nombre que corresponde: Abuso y abandono. Tus padres, lamentablemente, jugaron el papel de victimarios, aun cuando te amaran.


¿Qué es amar?


Niños y niñas formados en hogares disfuncionales tienen serios problemas para comprender adecuadamente qué es amar, en parte, porque nunca han conocido una relación amorosa sana.


¿Qué hacen las personas que se aman? Pues se comprometen diariamente con la felicidad del amado y establecen límites para no asfixiar la libertad del otro, pero también, para no perder la individualidad ni las características propias.


El amor respeta. Cuando eso no ocurre, entonces, se suscitan todos esos altercados que van ocasionando que poco a poco terminemos odiando estar en esa relación.


El amor es un principio que mueve a la acción. Eso implica que se sustenta en la decisión diaria de construir una relación, y digo “construir”, porque ningún vínculo sano es producto del azar sino de un constante y permanente trabajo que implica darnos de la mejor forma posible y buscar conocer realmente a la persona con la cual hemos unido nuestras vidas.


Un amor sano es abnegado, pero no permitiendo que la individualidad y la vida de uno sea anulada. A veces creemos que entregarnos a otro implica olvidarnos de nosotros mismos, y eso, inevitablemente lleva, por una parte, a una codependencia enfermiza y, por otro lado, a dejarnos a nosotros mismos a un lado haciendo que se vayan generando frustraciones contenidas y sensaciones de abandono que no sirven para construir una relación sana.


Amar, también implica abandonar a personas que nos hacen mal, alejarnos de quienes de una forma u otra atentan contra nuestra estabilidad emocional. A veces el amor dice ¡basta! ¡Yo también existo! Amar no implica dejar de amarse.


Control y desidia


Si vives con un abúlico, es obvio que parecerás controladora, porque evidentemente, alguien tiene que hacerse cargo. Estudias, trabajas, te haces cargo de tu hija, ¿qué hace él aparte de no hacer nada? Hasta las mascotas meten ruido y nos hacen sentir algo. Lo que describes no es una relación de esposa ni compañera, sino la vinculación que tendría una madre con su hijo dependiente: Pobrecito, ¡si yo no lo cuido! ¿quién cuidará de él? Eso es absurdo. Eres mayor de edad, compórtate como tal. Él es mayor de edad, déjalo que asuma. No eres su madre, y válgame Dios, nunca deberías comportarte como tal.


Tú no eres el problema, es que elegiste un “problema” como compañero, que no es capaz ni siquiera de decir:


—Ya, esto no da para más, no nos hagamos daño, dejemos hasta aquí.


Entre paréntesis, el psicólogo que te atendió te dio un pésimo consejo e hizo una aseveración irresponsable. Decir que tu hija te va a odiar porque te separas de alguien que te hace daño, es simplemente, una osadía no profesional.


Muchos estudios muestran que finalmente los niños están mejor con padres separados pero que se llevan bien, que con padres que están “juntos”, pero que viven en tensión y son infelices. Los niños tienen la habilidad de leer los estados emocionales de los adultos, en parte, porque es su manera de sobrevivir, y también, porque como están en proceso de crecimiento, están aprendiendo a reconocer la afectividad y la emoción. Si te va a detestar tu hija si te quedas en una mala relación y terminarás entregándole a ella el mismo ambiente tóxico que viviste tú cuando eras niña, y eso, lamentablemente repetirá el ciclo enfermizo que vivieron tus padres, que no deberían haberse quedado juntos si iban a terminar dañándose, y de paso, dañando a sus hijos. Si quieres repetir la historia, quédate. Si quieres hacer las cosas diferentes, termina una mala relación que a la postre te hará lamentar aún más todo lo que has vivido. Tu hija no merece vivir lo que tú viviste. Si sigues en una relación tóxica, tu hija terminará eligiendo como esposo a un hombre tóxico y el ciclo continuará.


Odio


En tu carta pones que “en ocasiones pienso que le odio y me veo sin salida”. Esa sensación es horrible. Si vas a odiar, mejor, aléjate. El odio destruye, en primer lugar, al que odia. Nadie sale indemne ante el odio.


Odiar es como tomarte un veneno y creer que la va a hacer efecto a la otra persona. No sólo ensombrece tu vida, también pone tinieblas emocionales sobre los que te rodean y crea un mal ambiente.

Si has llegado a ese punto, es por frustración, ira contenida y una sensación de indefensión aprendida, probablemente, al haberte callado tanto tiempo ante la ineficacia de tus padres para darte el ambiente que necesitabas.


Si has elegido a alguien que tiene características de abulia que son contrarias a las que tú tienes, es normal que lo rechaces. Si él no quiere pedir ayuda y no hace nada para salir de esa situación, odiar no es el camino, sino alejarte, para que ese sentimiento no termine dañándote más de lo que ya estás.


Tocar fondo


Tocar fondo no es tan malo como lo presentan, una vez que estás hundida en el pozo, al único lugar que puedes mirar es hacia arriba y me alegro que lo hayas hecho. Pero, no es a la iglesia a la que tienes que regresar, sino a Cristo. La congregación es un lugar para reunirse, para hacer las paces con otros. Un momento para el encuentro interpersonal, y para ayudarse mutuamente. Pero, nunca debes olvidar que es a Jesús a quien debes ir, no sólo un día, sino en cada momento para que te de la fortaleza que necesitas para enfrentar el día a día.


Cristo no es un amigo imaginario con el que conversas cada vez que necesitas algo, es una persona que desea ser parte de tu vida, y lo será en la medida en que conscientemente se lo permitas.

Una forma de saber que tu relación con Cristo es sana es que las personas desarrollan una religión con componentes sanos. No sólo asisten a una congregación para ser actores pasivos de un culto religioso, además, invierten tiempo en actividades de colaboración con otros, de comunicación del evangelio, de adoración, y de vinculación con otros cristianos con el fin de crecer en comunidad y también en relación con las Escrituras.


Una religión enferma se concentra sólo en recibir. En ser entes pasivos de cultos formales y en catalogar a otros en función de su formalidad religiosa. Sus oraciones no son de vinculación con la divinidad, sino de petitorios permanentes y la adoración tiene más un fin místico que de comunión. El texto aquel que dice, en relación a los profetas, “por sus frutos los conoceréis”, es viable aplicarlo aquí, porque una religión sana también se reconoce por los efectos.


Una persona que se dice cristiana debería vivir vínculos sanos, tener armonía interior, establecer metas coherentes con su fe, y mostrar, en todo lo que hace, que tiene una relación sana con la divinidad.


Lamentablemente, en el mundo contemporáneo, tan dado al individualismo y a la fluidez sin profundidad, la gente suele creer que la religión es algo “personal”, que no tiene impacto en los demás o que no están obligados a concentrarse en las necesidades ajenas, de esa forma terminan viviendo una relación “espiritual” aislada de los demás, eso no sólo no es sano, es, además, tóxico. Configura una religiosidad de aislamiento que a la larga no sirve para nada.


Ya probaste con las iglesias, ¿por qué no pruebas con Jesús? Tal vez puedas entender que cuando te concentras en Cristo, entonces, todo adquiere una dimensión diferente.


¿Cómo lidiar con la culpa?


La religión tóxica pone culpa sobre nosotros. La religión sana nos libera. No hay en esto término medio. Si no te sientes en paz contigo misma y, al contrario, te sientes culpable, hay algo que no has entendido de la religión y esa incomprensión te está haciendo vivir en un contexto tóxico.


Pablo es fehaciente en decir “permanezcan, pues, firmes en la libertad con la cual el Cristo nos hizo libres, y no se sujeten otra vez al yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1). Cada vez que cedemos a los pensamientos culposos que nos atormentan volvemos a ser esclavos y renunciamos a la libertad con la que Jesús nos ha hecho libres. La misma Biblia dice: “dichoso aquel que no se culpa a sí mismo en lo que escoge” (Romanos 14:22).


La culpa enferma. No da libertad ni tranquilidad mental. Dios espera que seamos “hijos de Dios sin culpa” (Filipenses 2:15). Eso no se logra con perfeccionismo y una obediencia absurda a la ley, como si fuera posible vivir a la altura de una ley perfecta, cuestión que el legalismo nunca ha entendido, ni lo hará, porque el orgullo no permite ver. Sólo Cristo nos puede declarar sin culpa, y lo hace en el momento en que descansamos en su gracia.


Pablo lo expresa de manera que no se puede negar sus palabras. “Cristo los ha reconciliado mediante la muerte que sufrió en su existencia terrena. Yo lo hizo para tenerlos a ustedes en su presencia, santos, sin mancha y sin culpa” (Colosenses 1:22 DHH1996). Sentir culpa no sirve, aferrarte a la promesa de la gracia sí.


Si tienes culpa por no amar a tu pareja, deberías examinar el compromiso que has hecho y si estás recibiendo lo mismo que das a cambio. La relación de pareja no es un pacto unilateral donde una parte cumple por los dos, sino donde dos personas se comprometen a dar todo de sí para que la relación funcione. No se puede guiar un bote con un sólo remo, se terminará dando círculos y no se avanzará. Deja de sentir culpa y comienza a tomar decisiones, lo primero no es razonable, lo segundo te libera.


Te preguntas: “¿Dónde queda Dios? Me avergüenzo de lo que pienso y lo que siento. Necesito saber qué tan mala soy”. De algún modo intentas castigarte, ¿por qué? Seguramente, en el contexto familiar donde te desarrollaste te transmitieron ese concepto de víctima religiosa, pero no es saludable, al contrario, te pone en una situación compleja, porque, para empezar, pretendes que Dios esté presente, y a la vez, te sientes tan culpable y avergonzada, que no sabes qué hacer.


Necesitas entender la gracia. El saber que no importa qué hayas hecho Dios te ha perdonado y cubierto con la sangre de Cristo. Como diría la extraordinaria Bárbara Johnson: “La gracia es el poder bastante sorprendente de mirar de frente la realidad terrenal, ver sus bordes tristes y trágicos, palpar  sus crueles cortes, unirnos al coro primitivo en contra de su atroz injusticia y, sin embargo, sentir en lo profundo de nuestro ser que es bueno y correcto que estemos con vida sobre la buena tierra de Dios”.[7]


Dios te ama. Es lo que debes saber. Nada de lo que hagas alejará a Dios de ti. Los legalistas enseñan que eres tú la que debe acercarse a Dios, para obtener el beneplácito de él, esa no es la idea que la Biblia presenta, todo lo contrario, una y otra vez, nos muestra a un Dios comprometido con tu felicidad que toma todas las iniciativas para acercarse a ti y proveerte de las mejores alternativas para que aprendas a amarte a ti misma, y sepas que eres tan valiosa que Jesucristo vino a ofrendar su vida por ti. ¿Qué más prueba de amor deseas?


Tienes una relación de pareja tortuosa, ¿crees que Dios no lo sabe? Él ha estado en cada lágrima que has derramado y te ha abrazado con bondad en cada error que has cometido. Dios no anda con un palo buscándote para darte un garrotazo, esa idea malsana sólo podría surgir en la mente de un desquiciado que le gusta tomar la Escritura al pie de la letra sin contrastarlo con el carácter de Dios y la figura de Cristo. Si te equivocas, vuelve a levantarte, y ten la seguridad que Dios estará a tu lado, para consolarte, para vendar tus heridas, y para darte la sabiduría para no equivocarte de nuevo, pero si lo haces, no te condenará, seguirá estando al lado buscándote siempre, sin señalarte con el dedo y sin pretender que seas perfecta en ti misma, porque ningún ser humano tiene ese poder en sí.


No olvides que “la más peligrosa de todas las tristezas que están al acecho para arrastrarnos hacia abajo es la culpa, esa sensación que todo lo invade diciéndonos que no hemos alcanzado la medida de nuestras propias normas y ni hablar de las de Dios”.[8] Déjate atrapar por la gracia. Esa que Jesús mostró en la cruz para demostrarte que no hay nada que te pueda separar del amor de Dios. “Nada” dice la Biblia, y es una palabra tan poderosa que aún no terminan algunos de entenderla.


Llevar la carga


Me dices: “Me siento cansada, cargo todo: hija, casa, estudios y trabajo”.  ¿Quién no se sentiría cansada en esas circunstancias y, además, hastiada? Deja de quejarte y toma decisiones.


Estás viviendo un síndrome de abuso que viven muchas mujeres en todo el mundo, con maridos que quieren sexo, atención, cuidado y no dan lo mismo a cambio. Con individuos narcisistas que pretenden que el mundo gire en torno a ellos, pero no están dispuestos a entregarse de tal modo que entiendan que la responsabilidad de llevar una casa y la vida, en pareja, es de ambos.

¿Hasta cuándo vas a soportar? ¿Qué tiene que pasar para que te des cuenta que estás viviendo una relación tóxica?


¿Es posible que tu pareja cambie? ¡Claro! ¡Todo es posible! Pero, si te quedas a esperarlo sin que él haga algo, esperarás hasta el día en que lluevan zanahorias y encuentres oro debajo de tu almohada.

La mayoría de las personas que abusa, como en su caso, que es abuso pasivo, no se da cuenta del daño hasta que no toca fondo. Sólo al llegar abajo, son capaces de darse cuenta, en su mayoría, que han estado viviendo un estilo de vida tóxico.


¿Qué haces al lado de una persona que no tiene la voluntad para producir cambios? ¿Hasta cuándo vas a esperar?


Muchas mujeres, especialmente, quienes se han convertido en codependientes, se creen salvadoras de sus parejas. No son capaces de poner límites ni de establecer criterios que les permitan decir ¡basta! Soportan lo insoportable, hasta que se enferman física y emocionalmente, algunas veces, de manera irreversible. ¿Vale la pena tu vida y la calidad de tu vida por quedarte en una mala relación?


Para que una relación de pareja funcione, se necesitan dos. Es un carro que necesita dos personas que lo tiren, de otro modo, no avanza. El estancamiento de muchas relaciones de pareja, se debe, fundamentalmente a la poca voluntad de una parte para hacer lo que le corresponde en la relación. Quedarse en esas condiciones es hipotecar el futuro personal y el de los hijos, que lamentablemente, como siempre, son las víctimas inocentes de todo esto.


Las preguntas de la compasión


“¿Cómo curarme? ¿Cómo tolerar? ¿Cómo justificar que todo esto vale la pena? ¿Cómo hago para no derrumbarme? ¿Cómo no odiarle? Él no es culpable, pero me cuesta aceptarle. Es un amor por compasión. Si nos separamos él no sabrá qué hacer”.

¿Cuántos hijos tienes? Supongo que no te das cuenta que has infantilizado a tu pareja y lo tratas como si fuera tu hijo. Crece. Madura. Aprende. Vives con un adulto, no puedes seguir tratándolo como un niño y si él no quiere crecer, no es tu responsabilidad, tienes una hija, ella si depende de ti, no él, el grandulón que debe aprender a hacerse cargo, porque en todo este momento al contestar tu carta me he venido preguntando: ¿Qué hace él aparte de no hacer nada?


Madre de Teresa de Calcuta sólo hubo una, no te gradúes de “Madre Teresa”, no te va bien y, además, produce mucho desgaste emocional y físico. Si sigues por este camino en el que vas, te lo doy firmado ante notario, terminarás enferma física y emocionalmente.


Nunca una relación debe basarse en la compasión. El amor es pasión, no compasión. Cuando se ama, se entiende que exista reciprocidad, si no es así, entonces, la relación se vuelve insana y todos los involucrados terminan sufriendo de manera horrible.


La compasión tiene un sentido sólo en las relaciones interpersonales o cuando interactuamos con una persona desvalida (cosa que creo sientes por tu pareja, pero en otro contexto). Los budistas suelen hablar mucho de la compasión ligado al altruismo que debemos sentir por todos los seres vivos. Como expresa un filósofo budista: “Cuando sientes espontáneamente la compasión al desear eliminar completamente el sufrimiento de todos los seres vivos —como una madre desea aliviar la enfermedad de su amado y dulce hijo—, entonces tu compasión es completa”.[9] Si te das cuenta, la analogía del autor va por el lado de una “madre”, porque ese es el sentimiento que se genera en el contexto de la compasión. En el mismo tenor el Dalai Lama expresa: “La compasión, por ejemplo, es un estado mental que se produce cuando nos concentramos en el sufrimiento de otros seres sintientes y cultivamos el deseo intenso de que se liberen de ese sufrimiento. Por tanto, sin otros seres sintientes que hicieran de objetos no nos sería posible cultivar la compasión”.[10] Eso es razonable, pero no es amor, al menos, el que debería cultivar una pareja.


El sentido original de la expresión “compasión” viene del latín “compatire”, y significa sufrir con el que sufre, en otras palabras, compartir el sufrimiento de quien padece. ¿Está tu pareja en esas condiciones? ¿Es una persona dependiente por una razón ajena a su voluntad? ¿Está invalidado física y mentalmente para valerse por sí mismo? Si no es así, entonces, estás ejerciendo una “mala compasión”, y, por ende, estás generando un contexto de amor insano, sin límites que protejan tu estabilidad mental y física. “La entrega sacrificada suele estar precedida por la compasión”.[11] Si no amas por las razones correctas, terminarás sacrificando tu vida y, por tanto, haciendo que tu pareja se convierta en un ser desvalido, en alguien que terminará dependiendo de ti. Un niño más a quien atender.


Michel Esparza habla de quienes padecen de susceptibilidad aprendida. Personas que tienen un orgullo tan grande que ante el más mínimo atisbo de menosprecio o algo que haga disminuir su valía se comportan como niños caprichosos.[12] Una persona que conoce su dignidad, simplemente, no le da importancia a estas situaciones. La persona que tiene un mal concepto de sí misma, va por la vida implorando amor, actuando como si los demás tuvieran que darle lo que no es capaz de generar por sí misma. C. S. Lewis, hablando de las personas susceptibles afirma que “habla de sí mismo y de su amabilidad, es un reproche continuo, una continua petición de compasión, gratitud y admiración”.[13] Lo que no sólo genera un ambiente enrarecido, sino que pone a las personas que están a su alrededor en una situación difícil.


Muchos varones, expresamente, buscan generar simpatía y compasión, porque es su manera de conseguir ser amados, porque no tienen ni la fortaleza ni la actitud mental adecuada para hacerse amar por las razones correctas.  Las mujeres, más propensas a sentirse madres que esposas, suelen acoger a estos hombres-desvalidos y comienzan a actuar como madres sustitutas, a un riesgo tal que terminan secándose, porque dan sin recibir.


Tienes que poner límites. El límite comienza contigo, preguntándote si estarías dispuesta a recibir migajas de amor de una persona que estuviera a tu lado sólo por sentimientos de lástima, y no verdaderamente por amor. De hecho, lo que estás haciendo no ayuda a tu dignidad ni a la de él. No es justo para nadie.


El amor debe sustentarse sobre las razones correctas o simplemente, no es correcto vivirlo. Se convierte en un error que tarde o temprano genera estrés emocional, frustración y una carga que termina por generar resquemor. Como diría el escritor inglés Oscar Wilde: “La compasión nunca puede sustituir al amor”.

Además, cuando la lástima es lo que nos mueve para amar terminamos no respetando a quienes decimos amar. Como diría Miguel Ruiz: “El amor se basa en el respeto. El miedo no respeta nada, ni tan siquiera se respeta a sí mismo. Desde el momento que yo siento lástima por ti, dejo de respetarte, porque creo que no eres capaz de hacer tus propias elecciones. Y cuando empiezo a hacer las elecciones por ti, te pierdo el respeto del todo. Entonces, como no te respeto, intento controlarte”.[14]


En el mismo tenor agrega: “Tú sientes lástima por mí cuando no me respetas, cuando piensas que no soy lo bastante fuerte para desenvolverme por mí mismo. Por el contrario, el amor respeta. Te amo, sé que puedes hacerlo. Sé que eres lo suficientemente fuerte, lo suficientemente inteligente, y estás lo suficientemente capacitado para hacer tus propias elecciones. Yo no tengo que hacerlo por ti. Tú puedes conseguirlo”.[15]


Conclusión


¿Es posible recuperar el amor? ¡Sin duda! ¡Siempre es posible! Seguramente algún místico te dirá: ¡Con la ayuda de Dios todo es posible! Permíteme decirte que ni Dios puede ayudar a quien no quiere ayudarse a sí mismo.


Si alguien no hace su parte, no hay nada que hacer. Dios no obra en la vida de la gente a la fuerza, eso supondría la anulación de la libertad personal.


El amor, dice la Escritura, es un “don” (1 Corintios 12:31). Eso implica que es un regalo de origen divino. No tiene mucho que ver con emociones y sentimientos, sino con la voluntad, y ese es el quid del asunto. Dios puede otorgar el don, pero nunca fuerza a alguien a recibirlo, ni tampoco hace que personas que no tienen nada en común terminen enamorados, eso es misticismo y del barato.


Dios da discernimiento, talentos, capacidades que dan fuerza a nuestra voluntad, pero, sin lugar a dudas, las decisiones las tomamos nosotros, no él, eso sería un asalto a nuestro libre albedrío.


Si tu pareja quisiera pedir ayuda y tú también, sería posible avizorar algo. De hecho, es constante en la orientación matrimonial decirles a las personas que no salgan de una relación sin haber recibido terapia para que tengan la plena conciencia, si van a terminar la relación, que hicieron todo lo posible.


Amar es un regalo maravilloso que hace que la vida se torne en un espectáculo multicolor. Por eso que es tan importante vivir el amor de una manera sana y correcta, de otro modo, se termina empantanado en relaciones que producen insatisfacción, recelos, frustración y amargura.


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Copyright: Dr. Miguel Ángel Núñez
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Referencias

[1]  T. Harris, G. W. Brown y A. Bifulco, “Loss of parent in childhood and adult psychiatric disorder: the role of lack of adequate parental care”. Psychology Medical 16 (1986):641-659.

[2]  Michael Rutter, La deprivación materna (Madrid: Ediciones Morata, 1990).

[3]  María Jesús Mardomingo Sanz, Psiquiatría del niño y del adolescente: Método, fundamentos y síndromes (Madrid: Ediciones Díaz de Santos, 1994), 227.

[4]  José Sánchez Parga, Orfandades infantiles y adolescentes: Introducción a una sociología de la infancia (Quito: Editorial Abya Yala, 2004), 74.

[5]  Mario Valdivia, “Trastorno por estrés postraumático en la niñez”, Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría 40/2 (2002):75-85.

[6]  María Elena Montt y Wladimir Hermosilla, “Trastorno de estrés post-traumático en niños”, Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría 39/2 (2001): 110-120.

[7]  Bárbara Johnson, Lo mejor de Bárbara Johnson (Nashville, TN.: Thomas Nelson, 2007), 149.

[8]  Ibid., 150.

[9]  Dalai Lama, Los siete pasos hacia el amor (Madrid: Penguin Random House Grupo Editorial España, 2010), 41.

[10] Dalai Lama, En mis propias palabras (Madrid: Penguin Random House Grupo Editorial España, 2010), 28.

[11] Michel Esparza, Amor y autoestima (Madrid: Ediciones Rialp, 2009), 226.

[12] Ibid., 130.

[13] C. S. Lewis, Cautivado por la alegría. Historia de mi conversión (New York: Harper Collins, 2006), 177.

[14] Miguel Ruiz, La maestría del amor (Barcelona: Ediciones Urano, 1999), 32.

[15] Ibid.

4 comentarios:

  1. Cada artículo suyo es un bálsamo. ¡Gracias a Dios por el don que le ha dado!

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  2. ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias!

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  3. Excelente análisis, muchas gracias doctor!!!

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  4. Llegué a su página por casualidad y me siento impresionada por la cálidad moral y ética de sus respuestas, tan libre de prejuicios, cosa rara de ver en las personas sumamente religiosas. Muchas gracias por aconsejar de esa manera. Yo no soy creyente, soy atea, pero creo que si todas las personas religiosas pensaran como usted, tendríamos un mejor mundo. Saludos

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